lunes, 1 de abril de 2019

Darwin y la evolución - Alfonso Ogayar Serrano

Darwin y la evolución: un gran paso para una visión objetiva de la especie humana en la naturaleza.




El genuino Darwin.
¿Qué puede saber de Darwin un lector medio, con algún interés por la biología? Probablemente tendrá unas nociones sobre el estado de la biología antes de Darwin, y de la revolución que supuso la irrupción del darwinismo, y que, hasta la llegada de Darwin dominaba el creacionismo, con una concepción de la naturaleza, creada por Dios, fija e inmutable.
La historia científica de la evolución comienza con Jean-Baptiste de Lamarck. Pero, generalmente, se insiste más en asociar a Lamarck como padre de la idea de la herencia de los caracteres adquiridos que con las auténticas señas de identidad lamarckianas: los seres vivos más primitivos surgen mediante generación espontánea y evolucionan, mediante una necesidad o impulso interno de cambio, hacia una mayor perfección. Como resultado imperfecto, de esta tendencia progresiva, se producen desviaciones adaptativas laterales frente a los cambios del entorno. En este sentido, también es muy probable que algunos lectores no sepan que Darwin (1) propuso una teoría de la herencia de carácter lamarckiano, la “pangénesis”, basada en la “herencia del uso y del desuso”: los hábitos adquiridos por un individuo modificarían sus órganos corporales, y éstos producirían unas entidades microscópicas, denominadas “gémulas”, que se acumularían en las gónadas, transfiriendo así las modificaciones de los órganos de los progenitores a los órganos de la descendencia. Darwin -y su teoría de la pangénesis, desacreditada en varias ocasiones- encontraría actualmente consuelo en las crecientes investigaciones sobre los exosomas: vesículas extracelulares diminutas que intervienen en la comunicación entre todos los tipos celulares, incluidos los gametos. Están cargadas de lípidos y un amplio surtido de proteínas y ácidos nucleicos, que varía en función del tipo celular y de su estado fisiológico: proteínas de adhesión celular, de fusión, transportadores de membrana, citoesqueléticas, de señalización intracelular, relacionadas con la síntesis de proteínas, de respuesta a estrés, enzimas variadas; y, también, varios tipos de ARNs, así como múltiples fragmentos de ADN, que portarían secuencias de todos los cromosomas. García Rodríguez (2).


Fig.1. Charles Darwin (1809-1882).


A diferencia de Lamarck, en la teoría darwiniana de la selección natural, la evolución se produce, sin propósito previo ni sentido alguno, mediante la generación previa de variación individual, que conlleva un aumento de las posibilidades de sobrevivir y de reproducirse –selección natural y selección sexual- de los individuos más adaptados a los cambios del medio ambiente. Darwin sabía, por la práctica de los criadores de razas domésticas, que las especies albergan una fuente inagotable de variabilidad; y que la selección natural era independiente de los mecanismos generadores de la misma.
Así, en el capítulo IV de “El origen de las especies por selección natural” Darwin (3) nos dice: “...la variabilidad que encontramos casi universalmente en nuestras producciones domésticas no está producida directamente por el hombre… Tengamos también presente cuán infinitamente complejas y rigurosamente adaptadas son las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con condiciones físicas de vida. Si esto ocurre, ¿podemos dudar –recordando que nacen muchos más individuos de los que acaso pueden sobrevivir- que los individuos que tienen ventaja, por ligera que sea, sobre otros tendrían más probabilidades de sobrevivir y procrear su especie? A esta conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y la destrucción de las que son perjudiciales, la he llamado yo selección natural o supervivencia de los más adecuados. Varios autores han interpretado mal o puesto reparos a la expresión selección natural. Algunos hasta han imaginado que la selección natural produce la variabilidad, siendo así que implica solamente la conservación de las variedades que aparecen y son beneficiosas al ser en sus condiciones de vida”.


Fig.2. El Origen de las Especies se publicó el 24 de Noviembre de 1859.

Además, en el capítulo I, plantea: “Por lo general los criadores hablan de la organización de un animal como algo plástico, que se puede modelar a voluntad… Si la selección consistiera meramente en separar una variedad muy típica, y hacer cría de ella, el principio sería tan evidente como apenas digno de mención; pero su importancia reside en el gran efecto producido por la acumulación en una dirección, durante generaciones sucesivas, de diferencias absolutamente inapreciables para el ojo no experto.”
Aquí Darwin resalta la importancia de la selección en el fabuloso despliegue de formas, pero lo más importante es la llamada de atención que nos hace de que es preciso una constelación de variaciones (“absolutamente inapreciables para el ojo no experto”), no una o unas pocas muy evidentes.
Así pues, a diferencia del planteamiento genético actual -presente en la teoría sintética de la evolución, pendiente de las frecuencias relativas de variantes de genes aislados que mutan- Darwin se centra directamente en el fenotipo, considerado como un todo, y en el papel del ambiente selector de ese todo. Darwin subraya el carácter conservador y acumulador –y no generador directo de variaciones- de la selección natural.

La revolución científica darwiniana.
Aún después de la exitosa publicación de El Origen de las especies por medio de la selección natural, Darwin se sentía incomprendido en la esencia misma de su construcción teórica. Así, en su autobiografía (1887) declara:
“Se ha dicho a veces que el éxito del Origen demostraba que ‘el tema flotaba en el ambiente’, o que ‘la mente humana estaba preparada para él’. No creo que sea estrictamente cierto, pues, de vez en cuando, sondeé a no pocos naturalistas y jamás me topé con ninguno que dudara, al parecer, sobre la permanencia de las especies. Ni siquiera Lyell o Hooker parecieron estar nunca de acuerdo conmigo, a pesar de que solían escucharme con interés”. Darwin (4).
¿De dónde viene el rechazo e incomprensión a la teoría darwiniana que, en parte, llega a nuestros días? Muchos autores coinciden en que los problemas con la obra de Darwin vienen del concepto de selección natural.
Para algunos autores darwinistas actuales el problema de aceptación de la teoría de la selección natural, tal como la formuló Darwin, es de índole filosófica cuando no religiosa. Así, en 1977, Gould (5) se pregunta: “¿Por qué ha resultado Darwin tan difícil de asimilar?”  “No se impuso [la selección natural] hasta la década de 1940, e incluso hoy en día… sigue siendo ampliamente mal interpretada, se cita con errores y se aplica mal”. Gould continua explicando que el problema radica en el planteamiento filosófico materialista de Darwin: “Darwin temía sacar a la luz algo que percibía como mucho más herético que la propia evolución: el materialismo filosófico, el postulado de que la materia es la base de toda la existencia y de que todos los fenómenos mentales y espirituales son sus productos secundarios. No existía idea alguna que pudiera resultar más demoledora para las enraizadas tradiciones del pensamiento occidental que la afirmación de que la mente –por compleja y poderosa que fuera- era un producto del cerebro…”.
A este respecto, Eldredge (6) y Gould (5) comentan las distintas posiciones filosóficas y religiosas de algunos autores, evolucionistas o no, donde se aprecia la radical diferencia con el materialismo monista de Darwin.
En primer lugar -por proximidad y méritos propios en la formulación de una teoría de la evolución por selección natural, de forma independiente a la realizada por Darwin- conviene mencionar a Wallace; subrayando, fundamentalmente, el carácter netamente dualista de su concepción diferencial de la mente y del cerebro humanos.


Fig.3. Alfred Russel Wallace (1823-1913).

Así, en su libro El origen del hombre, Darwin nos dice:
“Debió realizarse un extraordinario progreso en el desarrollo del entendimiento, así que entró en uso, mitad por arte y mitad por instinto, el lenguaje, pues el hábito repetido de la palabra al obrar activamente sobre el cerebro y producir efectos hereditarios, impulsaba a la vez el perfeccionamiento del lenguaje… el volumen del cerebro humano, en relación con el cuerpo, comparado con el de los animales inferiores, puede atribuirse principalmente al uso precoz de una forma simple de lenguaje. Las facultades intelectuales del hombre más elevadas, como las de raciocinio, abstracción, propia conciencia, etc., son probablemente consecuencias del constante mejoramiento y ejercicio de las otras facultades intelectuales”.
Y, más adelante, hablando de la selección sexual, añade:
“El que admita el principio de la selección sexual, se verá conducido a la notable conclusión de que el sistema nervioso no tan sólo regula la mayor parte de las funciones existentes en el cuerpo, sino que ha influido directamente sobre el progresivo desarrollo de varias estructuras corporales y de ciertas cualidades mentales…; y estas facultades del entendimiento dependen manifiestamente del desarrollo del cerebro”. Darwin (7).

Ambiente científico en la época de Darwin.
Continuando con el ambiente científico de la época, Eldredge (6) apunta que los intelectuales y científicos se dividían principalmente en dos grandes grupos: el de los clérigos, que dedicaban parte de su abundante tiempo libre al estudio del mundo natural, y el de los hombres con fortuna suficiente para poder dedicarse a la ciencia. Entre los que tuvieron mayor influencia en Darwin, encontramos a Adam Sedgwick y a John Stevens Henslow, ambos clérigos y profesores de universidad; y, entre los segundos, podemos destacar a Charles Lyell, abogado prestigioso que, a pesar de su fortuna familiar y personal, le dedicaba tanto tiempo y pasión a la ciencia como para dar clases en la universidad, y ser uno de los padres de la geología moderna. Lyell, en su obra Principios de Geología, destaca el carácter gradual de los fenómenos geológicos actuales para entender los pasados, en oposición a las explicaciones catastróficas del relato bíblico como el diluvio universal. Las posiciones gradualistas de Darwin, de las que dudaba en ocasiones, tenían este origen geológico y, como veremos más adelante, en biología se oponían al catastrofismo de Cuvier.
Pero entre estos dos grupos de científicos, estaban emergiendo científicos de nuevo cuño: los científicos profesionales, que como profesores universitarios percibían un sueldo por su trabajo.
Darwin estableció contacto con muchos de estos científicos profesionales; y, entre los primeros estaba Robert Grant, profesor de la universidad de Edimburgo, que inició a Darwin en la metodología rigurosa de la recogida de muestras de invertebrados. También el botánico Joseph Hooker, con el que Darwin mantuvo una constante relación de amistad y de respeto mutuo, aunque no compartieran muchas de sus ideas sobre el mundo natural.
Pero, sin duda, el científico profesional más importante para Darwin fue Thomas Henry Huxley, prestigioso profesor de anatomía comparada y gran protector de Charles, que defendió con gran convicción y fiereza El origen de las especies, hasta el punto de recibir el apodo de “Bulldog de Darwin”. Con la publicación del Origen, en 1859, Huxley encontró una nueva concepción evolucionista de la naturaleza con la que  enfrentarse a su colega anatomista Richard Owen (director de la colección de ciencias naturales del Museo Británico), y, a su través, a las ideas religiosas sobre la naturaleza. Como la mayoría de los anatomistas de la época, Owen era esencialista, se oponía a la evolución biológica, y creía en la existencia de “arquetipos” anatómicos básicos creados por Dios.


Fig.4. Thomas Henry Huxley (1825-1895).

Por su parte, Charles Darwin gozaba de una gran independencia económica, religiosa y política –no necesitaba trabajar para vivir, ni como clérigo ni como profesor universitario- por lo que, en principio, podría disponer de una total libertad de pensamiento; pero, como veremos, estas circunstancias le llevaron a padecer una enorme soledad: la soledad de un científico aficionado, firme defensor de sus ideas, de carácter conciliador en el trato personal, pero no acomodaticio ni condescendiente en el compromiso con su obra científica. Quizá no fuera totalmente consciente del alcance de su decisión de ser un científico independiente, al modo de Lyell, aunque Darwin no llegó a ser profesor de universidad. Recordemos que Darwin comenzó su carrera científica como geólogo, precisamente siguiendo los pasos de Lyell; pero es su paso a la biología -y, sobre todo, el descubrimiento de su teoría (“mi teoría”, como él la llamaba) la selección natural- el que marca su posición diferencial con el resto del mundo científico.

Circunstancias vitales que forjaron la obra de Charles Darwin.
Pero, ¿cómo era Darwin? ¿Cómo era ese genio que dio un giro copernicano a la forma de ver la naturaleza, incluida la naturaleza humana como un producto más en ella? ¿De dónde surgió tanto talento?
El mismo Darwin, en su autobiografía (4), agrupa sus recuerdos alrededor de tres etapas, destacando la importancia central del viaje del Beagle en el desarrollo de su carrera científica.

La etapa de formación inicial –previa al viaje del Beagle- es donde Darwin analiza las características heredadas de sus padres: sus capacidades mentales congénitas y su temperamento, junto con los recuerdos, principalmente familiares y académicos, de las circunstancias que le llevaron a modelar inicialmente su mente y su carácter.
Charles Darwin nació el 12 de febrero de 1809 en el seno de una familia acomodada, y recuerda a su padre como “el hombre más cariñoso que he conocido”, y como “el hombre más grande que he visto”; pero, también le impresionaban, y mucho, su inteligencia y su enorme capacidad de observación, y, quizá por todo esto, Darwin temía defraudar a su padre, que era médico, al igual que su abuelo Erasmus –a su vez, también naturalista y poeta-; y, aunque Charles parecía estar abocado a seguir la carrera de medicina, él dudaba de sus capacidades para ello. De entrada, quizá acomplejado por las brillantes cualidades paternas, cuestionaba su propia capacidad mental: “Mi padre, según le oí decir, creía que los recuerdos de las personas de mente poderosa se remontan, en general, muy atrás, hasta periodos muy tempranos de su vida. No es mi caso…”. “Antes de asistir al colegio fui educado por mi hermana Caroline… Me han contado que era mucho más lento para aprender que mi hermana menor, Catherine, y creo que fui en muchos sentidos un chico travieso”. El primer colegio de Charles fue sin internado, y de esa época él destaca su “gusto por la historia natural” y “la pasión por coleccionar”…”me sentía interesado, al parecer, ¡por la variabilidad de las plantas!”. El segundo colegio de Charles, en régimen de internado, fue el del Dr. Butler, también en Shrewsbury; donde permaneció siete años, hasta los 16, sin gran provecho: “Nada pudo haber sido peor para mi desarrollo intelectual…” “Cuando deje el colegio no era ni avanzado ni retrasado para mi edad; creo que todos mis maestros y mi padre me consideraban un muchacho corriente, más bien por debajo del nivel intelectual normal”. Pero lo que más le mortificaba era una frase que le espetó su padre: “Lo único que te interesa es la caza, los perros y cazar ratas, y vas a ser una desgracia para ti y para toda tu familia”.


Fig.5. El niño Charles Darwin (1816).

Quizá para entender todo el proceso de la enorme proeza de Darwin, convenga saltar al final de la historia. Ya en 1876, seis años antes de su muerte, Darwin escribe su autobiografía (4) y, al final de la misma introduce un capítulo que lleva por título “Valoración de mis capacidades mentales”. A pesar de que, en ese momento, ya había publicado lo principal de su obra, y gozaba de gran prestigio y reconocimiento en el mundo científico, Darwin sigue viéndose como una persona poco brillante en sus capacidades intelectuales: “No soy consciente de que mi mente haya cambiado durante los últimos 30 años”. “Sigo teniendo tanta dificultad como siempre para expresarme con claridad y concisión…, pero que, como compensación, ha tenido la ventaja de obligarme a pensar largo y tendido cualquier frase…”. “No poseo una gran rapidez de entendimiento o de ingenio, tan notable en algunas personas inteligentes, como, por ejemplo, en Huxley”. “Mi capacidad para el pensamiento prolongado y puramente abstracto es muy limitada; además, nunca habría tenido éxito en el terreno de la metafísica o las matemáticas. Mi memoria es amplia pero imprecisa…”.
Aun admitiendo algún grado de modestia en las opiniones de Darwin, no podemos hablar de falsa modestia; su sinceridad y honradez intelectual están fuera de toda duda. En este sentido, Darwin también considera que posee algunas capacidades notables: “Como saldo a favor, pienso que soy superior al común de los mortales para percatarme de cosas que no atraen fácilmente la atención y observarlas con cuidado. Mi diligencia en observar y recabar datos ha sido casi todo lo grande que podía ser…mi amor por la naturaleza ha sido siempre constante y ardiente… Desde mi primera juventud he experimentado un deseo fortísimo de entender o explicar todo cuanto observaba –es decir, de agrupar todos los datos bajo leyes generales-. Todas estas causas unidas me han proporcionado la paciencia para reflexionar o sopesar durante varios años cualquier problema inexplicado. Hasta donde puedo juzgar, no estoy hecho para seguir ciegamente la guía de otras personas. Me he esforzado constantemente por mantener mi mente libre…”. Y, ya en la última página, concluye: “Por tanto, independientemente del nivel que haya podido alcanzar, mi éxito como hombre de ciencia ha estado determinado, hasta donde me es posible juzgar, por un conjunto complejo y variado de cualidades y condiciones mentales. Las más importantes han sido el amor a la ciencia, una paciencia sin límites al reflexionar largamente sobre cualquier asunto, la diligencia en la observación y recogida de datos, y una buena dosis de imaginación y sentido común. Es verdaderamente sorprendente que, con capacidades tan modestas como las mías, haya llegado a influir de tal manera y en una medida considerable en las convicciones de los científicos sobre algunos puntos importantes”.
¿Es realmente tan sorprendente que Darwin lograra explicar lo que John Herschel denominó “el misterio de los misterios”? En este sentido, las críticas negativas de Herschel, y la de otros científicos amigos de Darwin, a la selección natural, le produjeron un cierto desánimo. Por otra parte, el incondicional Huxley, exclamó al escuchar la formulación de la teoría de la selección natural: “¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!”. Pero, ¿por qué es tan peligrosa la teoría de la selección natural como para provocar oleadas de indignación y desagrado, incluso en nuestros días?
Para abordar estas preguntas vamos a retroceder a algunos aspectos de la etapa de formación académica de Charles, concretamente a su tendencia innata al coleccionismo y la clasificación.
El gran fracaso en los estudios de medicina, en la Universidad de Edimburgo, se vio compensado por algunos contactos que Darwin realizó allí, y que le permitieron perfeccionar y profundizar sus conocimientos sobre recolección, tratamiento y clasificación de especímenes biológicos. También le fueron muy útiles unas clases de pago que recibió para aprender a disecar animales. Estos nuevos conocimientos le resultaron muy valiosos para su futura dedicación a la ciencia; así que, cuando su padre decidió mandarle a Cambridge a estudiar Teología, estableció allí nuevos contactos que le permitieron profundizar en su formación de naturalista. En los cuatro años que Darwin pasó en Cambridge (1828-1831), los dos profesores más decisivos para su futura carrera científica, fueron el botánico J. S. Henslow y el geólogo A. Sedgwick, ambos clérigos. Este profesor de botánica, con el que Darwin daba largos paseos, fue un verdadero amigo para él, y decisivo en su vida. Muy pronto le introdujo en su vida familiar, y llegó a darle alojamiento en su casa; pero su intervención más importante fue su recomendación para viajar en el Beagle, como naturalista no retribuido y alojado en el camarote del capitán Robert Fitz-Roy. Henslow tomó la decisión de implicar a Darwin en este viaje, porque estaba seguro de las capacidades de Darwin como naturalista, y porque también sabía que no era hombre de Iglesia; pero lo que él no podía intuir era el salto prodigioso que iba a dar la mente de este joven coleccionista apasionado por la naturaleza; Darwin tampoco. El Beagle comenzó su singladura el 27 de diciembre de 1831; en él iba un nuevo Charles Darwin, lleno de dudas, pero dispuesto a tensar al máximo su nueva libertad y su amor por la naturaleza.


Fig.6. El joven Charles Darwin (1830).


El viaje de circunnavegación del Beagle duró cinco años (1831-1836) y, como el mismo Darwin reconoce sería como un nuevo nacimiento, el comienzo de su segunda vida. Dejaba atrás preocupaciones y miedos, quizá el mayor el de defraudar las expectativas de su padre. Ahora, a sus veintidós años, tenía el mundo natural por descubrir; y, en mayor o menor grado, la confianza de sus profesores y familiares. Esta confianza se asienta en las mismas cualidades positivas que Darwin enumera en su autobiografía al final de sus días. Esas cualidades que a Darwin le parecían de poco lustre para alcanzar la fama que alcanzó; para socavar los cimientos de la concepción, sobre el mundo natural, que se tenía en la cultura occidental del momento.
Pero, para entender bien el proceso de transformación mental de Darwin, en este viaje, conviene señalar que, efectivamente, la mayoría de las cualidades propias -de las que Darwin nos habla en su autobiografía- ya estaban presentes en el joven Charles, antes de zarpar; pero, como veremos, en el periplo del Beagle, estas cualidades crecieron,  se trabaron y potenciaron. Así, como ejemplo del compromiso científico de Darwin al embarcar, tenemos que, en el viaje con Sedgwick, para estudiar la geología del norte de Gales, atajó por las montañas para poder llegar antes a su casa e ir a cazar: “en aquel tiempo habría considerado una locura perderme los primeros días de la temporada de la perdiz por la geología o por cualquier otra ciencia”. Entonces, ¿qué hizo que Darwin cambiara tan radicalmente?


Fig.7. El viaje de circunnavegación del Beagle (1831-1836).
Muchas fueron las influencias que se fueron tejiendo para lograr esa profunda transformación en él. Quizá, entre ellas,  estuvieran sus primeras crisis serias con la religión, probablemente iniciadas por sus desavenencias con el capitán Fitz-Roy, un aristócrata profundamente religioso.
Fitz-Roy apreciaba la compañía de Darwin: le pesaba mucho la soledad que tenía que soportar un capitán de la marina británica, totalmente aislado, al estar por encima del resto de la tripulación, oficialidad incluida; el estatus de Darwin, a bordo del Beagle, era distinto: Fitz-Roy cedía parte de su camarote para disfrutar de la compañía de algún joven culto y de buena familia, fuera de las relaciones jerárquicas del resto de la tripulación. Así pues, aunque muchas de las firmes opiniones de Darwin le encolerizaban, luego retornaba la calma y la conveniencia de mantener la compañía de Charles. Por el contrario, a éste, de mucho mejor carácter pero firme en sus convicciones, le fue haciendo mella el comprobar que personas de fuertes creencias religiosas, como Fitz-Roy, pudieran tener ideas y comportamientos tan detestables como la defensa de la esclavitud. Los desencuentros entre ellos se extendieron al terreno de las interpretaciones de Darwin acerca de los fenómenos naturales, cada vez más alejados de las ideas fijistas y creacionistas que tenía al zarpar.
Darwin resalta en su autobiografía (4) la importancia de este viaje para la realización de su obra: “El viaje del Beagle ha sido, con mucho, el acontecimiento más importante de mi vida y determinó toda mi carrera…Siempre he pensado que debo a aquel viaje mi primera formación o educación intelectual auténtica. Tuve que fijarme atentamente en varios campos de la historia natural, con lo que mejoró mi capacidad de observación, aunque ya estaba bastante desarrollada”. “La investigación de la geología de todos los lugares visitados fue mucho más importante, pues es en ella donde se pone en juego el razonamiento”.
Durante el viaje, Darwin estudió a Lyell, admirando la superioridad de sus argumentos sobre la del resto de los geólogos de la época, fundamentalmente su gradualismo, en oposición a los planteamientos catastrofistas de fijistas y creacionistas. Las primeras contribuciones científicas de Darwin fueron en este campo; y, así, describió y explicó la geología de Santiago, elevaciones y hundimientos que afectaban a volcanes, los orígenes y los efectos de los terremotos, también resolvió el problema de las islas de coral, entre otras aportaciones: “Fue entonces cuando caí en la cuenta por primera vez de que, quizá, podía escribir un libro sobre la geología de los diversos países visitados por mí, lo que me hizo estremecer de placer”. Así, en 1842 se publicó La estructura y distribución de los arrecifes de coral; en 1845 la nueva edición, que corrige la de 1839, del Diario de investigaciones, donde relata sus impresiones del viaje del Beagle; y en 1846 se publica Observaciones geológicas sobre Sudamérica.
Por su parte, la biología le puso más dificultades para elevar sus conocimientos a teoría, deslumbrado por la exuberancia de aquella naturaleza: “El esplendor de la vegetación de los trópicos…la sensación de sublimidad que me producían los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas de la Tierra del Fuego, cubiertas de bosques…La visión de un salvaje desnudo en su tierra nativa…Muchas de mis excursiones a caballo por territorios agrestes o en barca, algunas de las cuales duraron varias semanas…”. Inicialmente, en lo relativo a los seres vivos, Darwin observó, coleccionó, describió y clasificó, mejorando notablemente estas capacidades suyas con la práctica, pero lo hizo fascinado y abrumado por la lujuriante naturaleza que le rodeaba. No obstante, de forma imperceptible, Darwin iba tejiendo su singular trama de capacidades y experiencias que harían de él un gran científico. Así, en relación al viaje, le concede una gran importancia al “hábito adquirido entonces de una enérgica laboriosidad y una atención intensa en todo cuanto emprendía. Procuraba que cualquier cosa sobre la que pensaba o leía influyera directamente en lo que había visto o era probable que viese; y mantuve ese hábito intelectual durante los cinco años de viaje. Estoy seguro de que fue ese entrenamiento lo que me ha permitido hacer todo cuanto he llevado a cabo en ciencia”.


Fig.8. El árbol de la vida, original de Darwin.

La transformación que, en el viaje, estaba experimentando Darwin era notable. A diferencia de lo que decía cuando realizó, con Sedgwick, la excursión geológica al norte de Gales, ahora la ciencia ocupaba el primer lugar en su cabeza: “mi amor por la ciencia se impuso gradualmente a cualquier otro gusto…, la caza constituía un obstáculo para mi trabajo…”.
Pero, volviendo a la biología, es en las Galápagos y, posteriormente, en Australia donde Darwin empieza a ver algo de luz entre tanta espesura: “el descubrimiento de las singulares relaciones entre los animales y plantas que poblaban las diversas islas del archipiélago de las Galápagos y las existentes entre todos ellos y los que habitan América del Sur”. Al final del viaje Darwin tiene ya una clara problemática biológica: concede una importancia a la distribución geográfica de las especies en el continente y en las islas, de manera que comienza a pensar en la transformación o modificación de unas especies en otras; y quizá barruntara también algo acerca del origen animal del hombre. Pero es en las Galápagos donde Darwin comienza a vislumbrar el árbol de la vida.

Darwin regresa a Inglaterra el 2 de octubre de 1836, y es un hombre completamente distinto del que partió cinco años antes.
Poco después de su regreso, comenzó a explicar los hechos observados en las Galápagos, relacionándolos con la evolución divergente: en el continente había una especie de pinzón que fue el antecesor común de las diferentes especies de pinzones que poblaban cada isla, adaptadas a nichos ecológicos distintos, en la misma o en distintas islas.
Pronto empiezan sus primeras publicaciones, aunque, por distintos motivos, se resiste a publicar su teoría principal (“mi teoría” como decía él), la selección natural: “No tardé en constatar que la selección era la clave del éxito del ser humano en la creación de razas útiles de animales y plantas. Pero durante un tiempo fue para mí un misterio cómo se podía aplicar la selección a organismos que vivían en estado natural.
En octubre de 1838, es decir, 15 meses después de haber iniciado mi indagación sistemática, leí por casualidad y para entretenerme el libro de Malthus Sobre la población, y como, debido a mi larga y continua observación de los hábitos de los animales y las plantas, me hallaba bien preparado para darme cuenta de la lucha universal por la existencia, me llamó la atención enseguida que, en esas circunstancias, las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de ello sería la formación de nuevas especies. Ahí tenía, por fin, una teoría con la que trabajar; pero me preocupaba tanto evitar cualquier prejuicio que decidí no escribir durante un tiempo ni siquiera el menor esbozo de la misma”. Darwin (4).

¿Por qué tarda Darwin más de veinte años en publicar “su teoría” de la selección natural?
Muchos autores creen que Darwin padecía una neurosis, propiciada, en parte, por su lucha interna al tener que elegir entre ser uno de los mejores naturalistas de su tiempo, o ser honesto con sus sorprendentes descubrimientos, y asumir la responsabilidad de iniciar una auténtica revolución en las ciencias naturales. Pero, ¿cómo guardarse ese descubrimiento? ¿Cómo disimularlo? Darwin evita entrar en liza con la religión; por prudencia pero también por respeto, fundamentalmente hacia familiares y amigos con sentimientos religiosos.
No obstante, su teoría supuso un gran paso para una visión objetiva de la especie humana en la naturaleza viva; por fin liberada de la creación divina, y dueña y responsable de su propio destino.
Charles Darwin nos demostró que la realidad se nos ofrece fácilmente cuando no queremos violentarla: basta con observar, describir, ordenar, relacionar, experimentar y, sobre todo, buscar la coherencia de la realidad con honestidad, con honradez intelectual, con planteamientos objetivos. Pero sí, por el contrario, colocamos en el centro del problema lo que no es, entonces todo se retuerce y se complica con esferas armilares y creaciones divinas.
La gran curiosidad y la honestidad intelectual de Darwin constituyeron la brújula que le permitió andar por la naturaleza sin prejuicios y sin intereses bastardos, alejado de soluciones acomodaticias y contemporizadoras. Sólo así consiguió desvelar algunos de los misterios de la vida que todos tenían ante sus ojos.

Bibliografía:
(1) Darwin, C. (2008). La variación de los animales y las plantas bajo domesticación. Editorial
Catarata. Madrid.
(2) García Rodríguez, A. (2018). ¿Me conoces? Soy un exosoma. UAM Ediciones. Madrid.
(3) Darwin, C. (1980). El origen de las especies. Ed. Bruguera. Barcelona.
(4) Darwin, C. (2009). Autobiografía. Editorial Laetoli. Pamplona.
(5) Gould, S. J. (2010). Desde Darwin. Reflexiones sobre historia natural. Crítica. Barcelona.
(6) Eldredge, N. (2009). Darwin. El descubrimiento del árbol de la vida. Katz Editores. Buenos Aires. Madrid.
(7) Darwin, C. (2004). El origen del hombre. Ed. Edaf. Madrid.


Alfonso Ogayar Serrano
Biólogo y Profesor de Enseñanza Secundaria.

3 comentarios:

  1. Querido Alfonso:

    ¡Qué bien has reseñado el panorama científico que rodeaba a Darwin y cómo has retratado a ese ser humano que me fascinó hace años al leer su Autobiografía! Me traes el aroma de mis estudios de Historia de la Ciencia dentro de Filosofía...
    Y como fue decisivo en Darwin y en los sabios en general, es la curiosidad por otras materias, lo que permite entretejer teorías a partir de otras disciplinas.

    Lo propio no es sino lo ajeno por descubrir.
    Un placer seguir conversando contigo, a través de la lectura. Enhorabuena.

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  2. Gracias Laura por tu generoso comentario. Me alegra mucho que este capítulo te mueva a la reflexión filosófica y al recuerdo de tus años de estudiante; pero sobre todo al placer de la conversación colectiva, tejida por la lectura. En el blog que aparece en la bibliografía publiqué, en diciembre de 2018, un artículo sobre Darwin muy parecido pero algo más amplio; y, curiosamente, en enero apareció este otro que también tiene que ver con el tema. Más conversación pues.
    BJHS, Page 1 of 31, 2019. © British Society for the History of Science 2019
    doi:10.1017/Charles Darwin and the scientific mind DAVID STACK*

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  3. Mi verdadera intención fue aludir a mis estudios científicos, siendo profesora de Lengua y Literatura.Como he manifestado varias veces, la auténtica
    curiosidad y el humanismo trasciende
    las especialidades y saberes y me
    fascina que Darwin llegara a su teoría
    a partir de fenómenos
    observados/leídos en diferentes ramas
    del saber.
    Me gustaría pensar que se pueda recuperar ese interés por cualquier

    asunto, sin que ello sea suponer una
    ignorancia general.Cualquier
    circunstancia está tangencialmente
    tocada por otras y ello produce el
    inmenso enriquecimiento del
    saber.
    Luego, están esas actitudes tan darwinianas, humanas, de asombro, pasmo, titubeo, duda...esos rumiantes ramoneos del pensar...
    Darwin me parece fascinante por todo ello.

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