lunes, 1 de abril de 2019

El Modelo Estándar de la Física de Partículas - Claudia García García

El Modelo Estándar de la Física de Partículas: un gran paso de la física del siglo XX.




El Modelo Estándar de la Física de Partículas… pero ¿qué narices es eso? Y ¿cómo que fue un gran paso? La llegada a la Luna fue un gran paso, pero esto no lo he oído mencionar en la vida…
Es muy probable que esto sea lo primero que se te ha pasado por la mente al leer el título de este capítulo. Si no ha sido así, ¡enhorabuena! Ya eras un iniciado en física teórica. Si sí ha sido así, tranquilo, nunca es tarde si la dicha es buena ;). Es el momento de aprender sobre uno de los pasos más grandes de la física del siglo XX y de entender de qué va esta fascinante teoría.
Porque, efectivamente, el Modelo Estándar de la Física de Partículas (o Modelo Estándar sin más, a veces incluso SM, del inglés Standard Model) es la teoría que clasifica todas las partículas elementales que conocemos y que describe las reglas con las que pueden jugar o comunicarse entre ellas.

Los ladrillos del universo.
Pero espera… ¿qué es una partícula elemental? Esta pregunta ya se la hicieron los griegos hace más de dos mil años. A ellos les fascinaba la naturaleza, todo lo que tenían a su alrededor. Querían entender cómo funcionaba el universo. Y así se plantearon algo tan simple como qué pasa si chocas dos piedras muy fuerte. La respuesta (igual un poco obvia) es que se rompen en trozos más pequeños, simplemente. Pero, ¿y si ahora chocas esos trozos los unos contra los otros muy fuerte? ¿Se romperán en trozos aun más pequeños? ¿Y si esos trozos aun más pequeños los chocas entre ellos muy fuerte…?
Los griegos llegaron a la conclusión de que en algún momento dejarían de poder obtener trozos más pequeños que los que ya tenían, y a estos entes los llamaron átomos, que significa indivisible en griego. Ellos pensaban que lo más pequeño que existía en el universo eran estos átomos, de los cuales había distintos tipos, y que combinándolos de distintas maneras podía crearse todo lo que observaban a su alrededor. Es flipante pensar que hace más de dos mil años los malditos genios de los griegos acertaron.



Fig.1. El pensador griego Demócrito fue uno de los primeros que postuló la existencia de algo que no estaba formado de nada más pequeño, a lo que llamó átomo.


Bueno, no exactamente, pero casi. Al menos los griegos plantearon el concepto de componente o partícula elemental: aquello que carece de subestructura, que no está hecho de nada más pequeño.
Los griegos, sin embargo, se equivocaron un pelín. A finales del siglo XIX y principios del siglo XX se descubrió que los átomos, esos que los químicos y físicos habían pasado siglos estudiando y clasificando en la Tabla Periódica, estaban hechos de cosas más pequeñas. Estas cosas más pequeñas eran los electrones, de carga negativa y los núcleos de carga positiva. Poco después se descubriría, además, que los diminutos núcleos… ¡estaban también hechos de cosas aun más pequeñas! Eran los protones (de carga positiva) y los neutrones (de carga neutra, qué sorpresa, ¿eh?), concentrados en el centro del átomo y en torno a los que orbitaban alegremente los electrones.




Fig.2. Los átomos están en realidad hechos de cosas más pequeñas: electrones, de carga negativa, y núcleos de carga positiva. Éstos últimos están formados por protones y neutrones, e incluso estos tienen a su vez subestructura (que comentaremos más adelante). Además… ¡spoiler! los fotones también tendrán que ver en la estructura de los átomos, junto con otras partículas que iremos conociendo.


Bueno, estupendo, tenemos tres candidatos a ser partículas elementales, los ladrillos que forman todo lo que vemos. Ahora queremos entender cómo se relacionan entre ellos, porque si no menudo aburrimiento, ¿no? Sin embargo, para conseguir comprender cómo interaccionan entre sí estos bichitos escurridizos que son las partículas necesitamos dos ingredientes esenciales nacidos a principios del siglo XX: la mecánica cuántica y la relatividad especial. ¡Tranquilo! Estas palabras suenan a “uff esto es chino, qué complicado”, pero en el fondo solo son dos teorías que nos explican cómo se comportan las cosas muy muy muy pequeñas, como las partículas elementales, y las cosas que van muy muy muy rápido, como la luz, respectivamente. Mmmm… ¿has dicho luz?

La luz son… ¿partículas?
Efectivamente, la luz era el componente que nos faltaba para entender cómo se hablan entre sí los electrones y los núcleos. Resulta que la mecánica cuántica nos dice que existe una dualidad con las ondas y las partículas. Esto quiere decir que, por ejemplo la luz, que en general se entiende como una onda electromagnética, puede ser también, dependiendo de las circunstancias… ¡una partícula! Mind blown, lo sé, pero el caso es que este comportamiento dual, estas dos caras que tiene la luz, se han visto experimentalmente. Así que ahora tenemos un candidato más a partícula elemental: la luz, o más concretamente, el fotón, que es la partícula que asociamos con el campo electromagnético.



Fig.3. La mecánica cuántica nos dice que ondas y partículas que vibran sólo son dos manifestaciones de la misma cosa.


Además, seguro que alguna vez has oído decir que no hay nada más rápido que la luz. Bueno, pues en general, todas las partículas elementales que conocemos hoy en día, resulta que se mueven a velocidades cercanas o iguales a la de la luz. Esto hace que para poder entenderlas bien haya que usar la teoría que habla de aquello que se mueve muy muy rápido: la relatividad especial.
Combinando la cuántica y la relatividad surgió la Teoría Cuántica de Campos, que permitía entender bien el comportamiento de las partículas elementales. Concretamente, la Teoría Cuántica de Campos que describía el campo electromagnético (los fotones) y cómo este interacciona con las otras partículas se llamó Electrodinámica Cuántica, o QED del inglés Quantum Electrodynamics.
Esta teoría permitió explicar a nivel de partículas elementales por qué las cargas opuestas se atraían y las iguales se repelían. Lo que hacía comportarse a electrones, protones y demás partículas de esa forma era simplemente que se estaban intercambiando un fotón de una manera determinada. Además, durante la construcción teórica de QED, apareció, como por arte de magia, una partícula nueva, exactamente igual al electrón pero de carga opuesta. Esta partícula, que no era otra que el positrón, era necesaria para que todo tuviera sentido. Poco después se descubrió experimentalmente, demostrándose que QED estaba bien formulada y que existían las antipartículas. Más adelante se descubriría que casi todas las partículas elementales cuentan con su antipartícula, igual a ellas pero con la carga opuesta.
OK, estupendo, ya tenemos nada más y nada menos que ¡cinco partículas elementales! Electrón y positrón, protón, neutrón y fotón. Y además entendemos cómo se relacionan entre sí a través del campo electromagnético. Todo un meritazo, oiga.
Sin embargo, a la vista de los acontecimientos, aun quedan dos preguntas por hacer.
La primera es ¿por qué hay algunas partículas que actúan como ladrillos y otras que actúan como cemento? ¿Hay alguna diferencia entre ellas? Si te paras a pensarlo, de las cinco que ya tenemos las cuatro primeras se observan en la materia (ladrillos), dentro de los átomos, pero la quinta, el fotón, se asocia con el campo electromagnético, con una fuerza (cemento).
Existe una diferencia entre estas partículas que se llama espín. El espín es una etiqueta intrínseca, una característica, que tienen las partículas y que nos permite clasificarlas. Las que tienen espín semientero, (o sea 1/2, 3/2…) se llaman fermiones y las que tienen espín entero (0, 1, 2…) se llaman bosones. Los fermiones siguen el Principio de Exclusión de Pauli, que dice que no puede haber dos partículas iguales ocupando un mismo sitio. Los bosones, sin embargo, no se rigen por dicho principio y podemos apelotonarlos tanto como queramos.
Seguro que ya te has imaginado que los fermiones tienen que ser entonces los ladrillos y los bosones el cemento. ¿Por qué? Pues porque no puedes poner un ladrillo donde ya hay otro, pero si quieres que dos ladrillos queden más pegados siempre puedes echar más cemento. De esta forma se entiende que los fermiones sean las partículas que formen la materia mientras que los bosones sean los mediadores de las fuerzas que la mantienen unida.



Fig.4. Los ladrillos del universo son los fermiones, partículas de espín semientero, mientras que el cemento que los mantiene pegados son los bosones, de espín entero.



¿Por qué no nos desintegramos?
Y precisamente con esto llegamos a nuestra segunda pregunta. Hemos dicho que entendemos bien, gracias a QED, que las partículas de carga opuesta se atraen y las de carga igual se repelen. Esto está muy bien porque con ello podemos explicar que los electrones negativos orbiten alrededor del núcleo positivo interaccionando con él a través de fotones. Ahora bien, el núcleo está formado por protones y neutrones muy juntitos. Los neutrones no tienen carga,  pero los protones son todos positivos… ¿por qué demonios no se repelen?
Para contestar a esta pregunta llegaría la fuerza nuclear fuerte al rescate. Y sí, se llama fuerte simplemente porque para vencer a la repulsión electromagnética entre los protones del núcleo hace falta que la fuerza que los mantiene unidos sea más fuerte. Además, esta fuerza tenía que afectar solo a los componentes del núcleo, y no a los electrones que lo orbitaban.
Tenemos una fuerza nueva, así que, igual que pasaba en QED, deberíamos encontrar partículas asociadas a ella que la transporten, como sucedía con el fotón y el electromagnetismo. Pero estas partículas no aparecían.
Los físicos de mediados de siglo se pusieron a buscarlas como locos… y las encontraron como locos. En pocos años tenían lo que se llamó el Zoo de partículas. Unas de estas partículas eran los piones, que inicialmente se postularon como los mediadores elementales de la fuerza nuclear fuerte. Pero después llegaron un montón de partículas más que no había por dónde coger.
Al fin se obtuvo una respuesta al puzle del Zoo. Los teóricos consiguieron clasificar todas estas nuevas partículas utilizando solo tres componentes distintos, a los que llamaron quarks. Los había de tres “sabores” (el quark arriba o up en ingles, el abajo, o down y el extraño o strange) y cada uno de ellos podía ser de tres “colores”. Sí, los físicos son unos graciosillos.



Fig.5. Con los quarks up, down y strange (y sus antipartículas) de distintos colores podían explicarse las partículas descubiertas hasta el momento… salvo una.


Con estos quarks (que eran fermiones, o sea, ladrillos) se explicaba cómo estaban formadas todas las partículas que se habían encontrado hasta entonces, llamadas hadrones. Incluso se pudo explicar que los protones y neutrones estaban formados también por estos graciosos y coloridos quarks: el protón por dos up y un down y el neutrón por dos down y un up. Pero había dos cosas que no terminaban de encajar.
La primera era que aun no habían encontrado a los mediadores de la interacción fuerte, que era lo que buscaban en un principio. La segunda es que una de las partículas que habían encontrado era imposible de clasificar utilizando los quarks. Se trataba del muón, una copia idéntica del electrón pero más gordita (más masiva). ¿Quién demonios había encargado al muón? Además, esa idea de los quarks estaba muy bien, pero si realmente estaban ahí, dentro de los hadrones, ¿por qué nunca se habían visto en los experimentos?
La respuesta a esta última pregunta llegaría algunos años después, con la confirmación empírica de la existencia de los quarks. Si se bombardea un protón con electrones de mucha mucha energía, estos son capaces de “romper” el protón en sus componentes y darnos información sobre su composición. Así se consiguió comprobar que el protón estaba hecho por cosas más pequeñas, lo que cuadraba perfectamente con la explicación de los quarks constituyentes.
Pero, si te has dado cuenta, ¡los malditos mediadores de la interacción fuerte aun no han aparecido! Al final de muchas vueltas los físicos consiguieron entender que estos bosones mediadores, a los que llamaron gluones, estaban dentro de los hadrones al igual que los quarks, y eran muy complicados de ver. La fuerza fuerte era tan fuerte que mantenía los quarks y los gluones confinados dentro de los hadrones, pero estar, estaban.
Todos estos ingredientes formaron, al fin, la teoría cuántica de campos que explicaba por qué los átomos no se iban deshaciendo por ahí debido a la repulsión electromagnética entre los protones del núcleo. La llamaron Cromodinámica cuántica (o QCD del inglés Quantum Chromodynamics), en honor a los colorines de los que habían pintado los quarks para que todo tuviera sentido.

La radiactividad… ¿también son partículas?
Aun así… un momento… sí, lo de que no nos vayamos desintegrando por la vida está muy bien, pero… ¡hay átomos inestables que sí se desintegran! Si no, ¿cómo explicas la radiactividad?
Madre mía, ¿tenemos que meter otra fuerza más para explicar esto? ¡No vamos a acabar nunca por Dios! Tranquilo, ya queda poco, solo nos falta una fuerza, la fuerza nuclear débil, responsable de las desintegraciones nucleares. De nuevo los físicos muy originales con los nombres, le pusieron el nombre de débil ya que esta fuerza tenía que ser más débil que la fuerte para asegurar que mayoritariamente los átomos fueran estables.
Entonces, de acuerdo, vamos a estudiar la radiactividad, pero desde lejos, no nos vaya a pasar lo que a Marie Curie. Existe un tipo de radiación, llamada radiación beta (β), que aparece en algunas desintegraciones atómicas. Resulta que esta radiación no es más que un positrón emitido por un núcleo en el que un protón se transforma en un neutrón.
Al medir las energías del núcleo antes de desintegrarse y después (teniendo en cuenta la del positrón, por supuesto), los físicos vieron que… ¡no se conservaba la energía! Ojo, que eso sí que era un buen marrón, porque la mítica frase de “la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma” se iba al garete.
Por suerte fueron lo suficientemente listos como para decir, “no, la energía tiene que conservarse, y si parece que no lo hace es porque la que nos falta se la ha llevado algo que es invisible”. ¿What? ¿Estás loco? ¿Cómo que algo invisible?
Pues efectivamente, resultó que el positrón que se emitía durante esta conversión de protón a neutrón no se emitía solo. Le acompañaba una partícula extremadamente esquiva, sin carga eléctrica y que apenas interaccionaba con nada. Se la llamó neutrino, y era tan difícil de detectar que parecía invisible. Y la muy condenada era la que se había llevado la energía que faltaba… menuda caradura.
Todo este proceso de la radiación beta tenía que ocurrir a través de la interacción débil, que de nuevo debía llevar asociada alguna partícula mediadora. Pero antes de encontrarla se entendió una característica muy peculiar de la fuerza débil. Resulta que esta interacción funciona como un servicio de citas online, pero en vez de emparejar gente, empareja partículas. De esta forma, el electrón y el tipo de neutrino encontrado en las desintegraciones beta, que se llamó neutrino electrónico por aparecer siempre asociado con un electrón, debían ir juntitos. Los quarks up y down también. Y el muón y su recién encontrado neutrino muónico también.



Fig.6. En los procesos de radiación beta un protón se convierte en un neutrón emitiendo un positrón y un neutrino o, como en la imagen, un neutrón se convierte en un protón emitiendo un electrón y un antineutrino.


Pero… se nos ha quedado el strange solito… y vale que el pobre es un poco rarito, pero no se merece tanta soledad. Necesita un compañero según la fuerza débil. Pues vamos a buscarlo a ver si lo encontramos. Efectivamente, se encontró experimentalmente el compañero del strange, y se le llamo quark charm (encanto en inglés). Ahora sí, todos bien emparejaditos.
Y además de estar emparejados… qué curioso, parece que hay un patrón, un esquema, una estructura. Si agrupo el up y el down con el electrón y el neutrino electrónico puedo formar toda la materia que veo y explicar la radiactividad. Y si agrupo el strange con el charm con el muón y el neutrino muónico tengo una copia idéntica de los cuatro primeros pero más pesada, y como la naturaleza es perezosa a esta copia solo la veo en procesos de muy alta energía. Qué curioso… Y… espera… ¿qué me dices? ¿Que todavía existe una copia más? Exacto, tras conocer los ocho fermiones ya mencionados se encontraron otros cuatro: los quarks top (cima) y bottom (fondo) y el tau o tauón con su neutrino tauónico. Tío, la naturaleza es muy rara, una copia más y todavía más pesada… ¿para qué?
En fin, muy raro todo. Pero ya tenemos doce fermiones elementales (ladrillos), no está nada mal. También tenemos dos bosones (cemento), el fotón asociado al electromagnetismo y el gluón, asociado a la fuerza fuerte. Y ¿dónde nos habíamos quedado? Ah, ¡sí! En la búsqueda de los mediadores de la débil.
Estos bosones mediadores se habían postulado teóricamente gracias a los procesos de radiación beta. Pero había un problema. Para que todo cuadrase con las observaciones experimentales, dichas partículas —a las que se llamó bosones W, y que vienen en pack de 2, uno con carga positiva y el otro con carga negativa— tenían que tener una masa muy grande. Pero la teoría cuántica de campos que explicaba la interacción débil les prohibía tener masa.  Y hablando de masas, ¿de dónde sacaban casi todos los fermiones que ya se conocían la suya? Porque masa tenían. ¿De dónde venía?
Y pensarás, me has mentido, bellaca. Me habías dicho que no iba a haber que meter más fuerzas y aquí estamos, con un problema nuevo y sin nada con que explicarlo. Pues no, no te he mentido, no hay que meter más fuerzas, sino algo más sutil y chulo. Hay que romper una simetría.

La maldita partícula (¿O partícula de Dios?).
A los físicos les chiflan las simetrías. Simetría por aquí simetría por allá. Y la verdad es que mola porque con ellas pueden explicarse muchas cosas. De hecho, todas las fuerzas de las que hemos hablado hasta ahora se pueden comprender a través de una simetría asociada a cada una de ellas.
Pues bien, son estas simetrías las que en principio prohíben, y de forma bastante tajante, que las partículas tengan masa. Pero, como ya hemos dicho, muchos fermiones que conocemos tienen masa. Y los mediadores de la interacción débil también. No queda otra pues: la simetría tiene que estar rota.
Sin embargo, si la simetría está rota, tenemos un problema, porque entonces ya no podemos explicar las fuerzas con ella. Maldita sea, y ¿qué hacemos? La respuesta salvadora llegó con el mecanismo de Higgs. Una forma muy particular de romper una simetría sin romperla del todo.
Para entender mejor el concepto por el cual funciona este mecanismo podemos imaginarnos una pelotita en lo alto de una colina. Si la colina es igual por todos sus lados, cuando soltemos la pelotita ésta tenderá a caer hacia los pies de la colina, pero la dirección que escoja para hacerlo será completamente arbitraria. Esto quiere decir que antes de soltar la pelotita existía una simetría que hacía que todas las direcciones posibles fueran iguales. Sin embargo, al soltarla, la pelotita cae en una y solo una de las direcciones, rompiendo la simetría.
De una forma parecida funciona el mecanismo de Higgs. Lo que hace este mecanismo es romper sin romper la simetría electrodébil. Porque, a estas alturas de la película, se había logrado comprender que la fuerza débil era tan romántica que no le gustaba nada estar sola, así que se la emparejó con la electromagnética dando lugar a la fuerza electrodébil. Esta unificación fue algo similar a lo que ocurrió con el electromagnetismo a finales del siglo XIX: dos cosas que parecían distintas, los fenómenos eléctricos y los magnéticos, en realidad eran dos manifestaciones de la misma cosa: el electromagnetismo. Lo mismo le pasaba a las interacciones electromagnética y débil, en realidad eran las dos caras de la interacción electrodébil.
El mecanismo de Higgs funcionaba estupendamente, le daba masa a los fermiones y a los bosones W sin cargarse nada de la bonita teoría que explicaba el comportamiento de todas estas partículas. Perfecto. Y además traía consigo sorpresas en forma de  hipotéticas nuevas partículas.
La primera era un compañero de faena de los bosones W, pero esta vez, neutro. Se llamó bosón Z, y se confirmó su existencia experimentalmente a principios de los años 80. Su masa también podía explicarse a través del mecanismo de Higgs, así que todo funcionaba a las mil maravillas.
La segunda era el famoso bosón de Higgs, llamada, erróneamente, la partícula de Dios. En realidad esta partícula había de llamarse The Goddamn Particle, la maldita partícula, pero The God Particle, la partícula de Dios, quedaba más chachi, así que se quedó con ese nombre. Este bosón era distinto a los demás bosones que ya conocemos. ¿Por qué? Porque el bosón de Higgs no es mediador de ninguna interacción, y, además, tiene espín cero, mientras que el fotón, el gluón, los W y el Z tienen espín uno.



Fig.7. El bosón de Higgs era la última pieza que daría sentido a todo el Modelo Estándar. Pero había que encontrarla experimentalmente y no era tarea fácil. Para ello, entre otras cosas, se construyó la máquina más grande creada por el hombre: el Gran Colisionador de Hadrones.


Era imprescindible que el bosón de Higgs existiera para que el mecanismo de Higgs fuera el que realmente explicaba bien la masa de las partículas elementales conocidas. Sin él, que era una predicción directa de este mecanismo, no habría confirmación de que éste funcionara, y habría que pensar en otra cosa.
Pasaban los años y el bosón de Higgs no aparecía. Y eso que se hicieron esfuerzos hercúleos para encontrarlo. De hecho, se construyó la mayor máquina jamás creada por el hombre. Un acelerador de partículas de veintisiete kilómetros de circunferencia enterrado bajo la ciudad de Ginebra. O lo que es lo mismo, un microscopio tan potente que podía ver las partículas elementales. Si se iba a encontrar el bosón de Higgs, tendría que ser con esa máquina, el Gran Colisionador de Hadrones o LHC, del inglés Large Hadron Collider.
Pero no había manera, y los físicos se desesperaban… Hasta que, por fin, el cuatro de julio de 2012… ¡Se descubrió el bosón de Higgs! ¡¡¡Yupi!!!
De esta manera quedó por fin completo el Modelo Estándar, que recoge las partículas elementales que conocemos a día de hoy y las interacciones entre ellas.

El Modelo Estándar de la Física de Partículas.
Ha sido un duro y largo viaje a través de teorías locas y muchos quebraderos de cabeza. De simetrías que se rompen sin romperse y de fuerzas que son a la vez partículas. Pero al final lo hemos conseguido, hemos construido el Modelo Estándar. Minipunto para nosotros.
Para dejarlo todo claro y tenerlo juntito, hagamos un resumen de esta “Tabla Periódica Moderna”:
Por un lado, tenemos los ladrillos, los fermiones, las partículas de materia que conforman todo aquello que vemos. Son doce, y están organizados en tres familias. Tres copias idénticas cada vez más pesadas.
En la primera familia tenemos dos quarks, el up y down y dos leptones (que así se llaman los fermiones que no son quarks, es decir, que no sufren la interacción fuerte), el electrón y el neutrino electrónico.
En la segunda, una copia formada por los quarks charm y strange y por el muón y el neutrino muónico.
Y finalmente, en la tercera, tenemos a los quarks top y bottom y al tau y al neutrino tauónico.
Recordemos también que por cada una de estas partículas tenemos que tener también en cuenta su antipartícula, igual a ella pero con las cargas opuestas.
Por otro lado, tenemos a los bosones de espín uno, los mediadores de las fuerzas. Están el fotón, asociado a la fuerza electromagnética, el gluón, asociado a la fuerza nuclear fuerte y los bosones W y Z asociados a la fuerza nuclear débil.
Además de todos estos, tenemos a nuestro bosón peculiar, el de Higgs, que es el responsable de dar masa a las partículas del modelo.



Fig.8. Resumen del Modelo Estándar de la Física de Partículas: 12 fermiones (ladrillos) organizados en tres copias o familias idénticas pero con distintas masas. Cuatro bosones (cemento) mediadores de las fuerzas fundamentales. Y, por supuesto, el bosón de Higgs.



¿Hay algo más allá?
Y ya está, ya hemos acabado, ya sabemos lo que es el Modelo Estándar. Con él podemos predecir y calcular de forma extraordinariamente precisa cantidades relacionadas con la física de partículas. Y además estas cantidades están increíblemente de acuerdo con los resultados experimentales.
Así que colorín colorado, este cuento se ha acabado. Ya tenemos la teoría que explica perfectamente cómo funciona el mundo de las partículas elementales… ¿O no?
Sorpresa, pero no. Afortunadamente, aun nos quedan muchas cosas por descubrir. Es cierto que el Modelo Estándar es una teoría increíblemente precisa, muy bien formulada, y capaz de explicar numerosos procesos en física de partículas, en la física de los bichos más pequeños del universo. Pero aun hay muchos fenómenos que no terminamos de entender y para los que el Modelo Estándar no tiene respuesta.
Si te has quedado con ganas de saber más, te recomiendo que leas el capítulo de este mismo libro “El más allá del Modelo Estándar”, escrito por Xabier Marcano. En él podrás descubrir cuáles son algunos de esos fenómenos que el Modelo Estándar no es capaz de explicar, y las posibilidades que se barajan para entenderlos.
¿Nuevas interacciones? (Que no, que no te he mentido, esas ya estarían fuera del Modelo Estándar y yo prometí contarte cosas solo acerca de este) ¿Nuevas partículas de materia? ¿Por qué está todo hecho de materia y no de antimateria? ¿Esconde el bosón de Higgs algo más? ¿Qué peculiaridades tienen los neutrinos?
Estas y muchas más preguntas son las que los físicos intentan entender cada día, guiados por la misma curiosidad y ganas de saber que los llevó hasta crear una de las teorías más precisas y bonitas de la historia de la ciencia: El Modelo Estándar de la Física de Partículas.

Claudia García García
Estudiante de Doctorado en Física Teórica.
Universidad Autónoma de Madrid e Instituto de Física Teórica UAM/CSIC.

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