La conquista de la
Luna: España lo hizo posible.
Es tan
grande el desconocimiento de nuestros conciudadanos y de nuestra propia
Administración de la vital aportación española a la conquista del espacio
exterior, que me veo moralmente obligado a emprender este escrito con el ánimo
de añadir luz a esa ignorancia medio secular (50 años).
Al
airear estas vivencias profesionales mías de cuatro décadas participando en
múltiples programas de la NASA, lo hago con el recuerdo vivo en docenas de
ambiciosos proyectos espaciales –algunos legendarios- que marcaron un hito en
la Historia de la Humanidad.
Pero
hoy, en el comienzo del año 2019 en que conmemoraremos el 50º aniversario de la
llegada del primer hombre a la Luna, quiero ceñir mis recuerdos al Programa Apollo,
que de forma tan impactante conmovió al mundo, pero también a los españoles que
tuvimos la suerte y el honor de participar directamente en ese ambicioso
programa desde las estaciones de seguimiento y control (INTA-NASA) de
Fresnedillas de la Oliva y Robledo de Chavela en Madrid, y Maspalomas en Gran
Canaria.
Comenzaré
por el principio, pues.
Fig.1. Mapa oficial de la NASA situando las estaciones españolas protagonistas
de los vuelos Apollo, con la zona de
cobertura de sus haces de transmisión y recepción. Fresnedillas (MAD), Robledo
(MAX) y Maspalomas (CYI).
Ab initio.
En una
de mis repetidas visitas a los archivos del Museo de Historia Americana, en
Washington D.C., tuve la sorpresa de encontrarme una copia de un desconcertante
documento original del Presidente de los EE.UU., John Fitzgerald Kennedy, que
bien se puede considerar el génesis (ab
initio) de la Estación de Seguimiento Espacial de Fresnedillas, en la
provincia de Madrid. Lo traduzco a continuación porque merece la pena leerlo y
entenderlo, e incluyo una reproducción fotográfica del original ilustrando
estas líneas.
Fig.2. Copia del contundente memorándum del Presidente John F. Kennedy al
Vicepresidente (y futuro Presidente) de los EE.UU. Lyndon B. Johnson,
demandando el máximo esfuerzo nacional para derrotar a la URSS en la Carrera
del Espacio. Documento localizado por el autor en Washington D.C. (2006).
20 Abril, 1961
MEMORANDUM PARA EL VICE PRESIDENTE
De acuerdo con
nuestra conversación, me gustaría que Vd., como Presidente del Consejo del
Espacio, se encargue de realizar una investigación global sobre nuestra
situación en el Espacio.
1 ¿Tenemos
alguna probabilidad de vencer a los soviéticos, poniendo un laboratorio en el
espacio, o haciendo un viaje alrededor de la Luna, o aterrizando un cohete en
la Luna, o enviando un cohete de ida y vuelta a la Luna con un hombre? ¿Existe
algún otro programa espacial que prometa resultados espectaculares y en el que
podamos vencer?
2 ¿Cuál sería
el coste adicional?
3 ¿Trabajamos
24 horas al día en los programas existentes?
Si no, ¿por qué no? Si no, ¿quiere Vd. hacerme alguna recomendación
sobre cómo se puede acelerar el trabajo?
4 Para la
construcción de grandes propulsores, ¿debemos hacer hincapié en el combustible
nuclear, en el químico o en el líquido, o en una combinación de los tres?
5 ¿Estamos
haciendo el máximo esfuerzo? ¿Estamos consiguiendo los resultados necesarios?
He
pedido a Jim Webb, al doctor Wiesner, al Secretario McNamara y a otros
funcionarios responsables, que colaboren plenamente con usted. Le agradecería
un informe sobre esto a la mayor brevedad posible1.
John F.
Kennedy
Cuando
leí por primera vez el original en inglés de este escrito, me sorprendió en
gran manera el estilo áspero y autoritario del entonces encantador ídolo de las
masas John F. Kennedy. Indudablemente, no era ése el talante que transpiraban
las imágenes de los noticiarios y telediarios que circulaban de él por el
mundo. Qué lejos queda ese glamour de
los modos en que redactó el memorándum dirigido al Vicepresidente (y futuro
Presidente) de los EE.UU., Lyndon B. Johnson.
Pero
este documento tan especial no estaba solo, sino arropado por otros miles que
conformaban un gran tesoro (al menos para mí), rebosante de información
recientemente desvelada a los historiadores al anular oficialmente el Congreso
el estatus de “Secreto”, bajo el que habían estado durante tres décadas.
Naturalmente,
hice un buen acaparamiento de fotocopias y escáneres de los documentos
originales que más llamaron mi atención, elección difícil porque todos ellos
daban fe directa o indirectamente de los pasos realizados durante la gestación
y desarrollo del ya mítico Programa Apollo
de la NASA, que corrió paralelo a la mayor parte de mi vida profesional.
Allí
encontré también las transcripciones de las conversaciones cápsula-control de
tierra y viceversa, que pasaron por Fresnedillas, y que para mí tuvieron un
sabor cálido e íntimo por haberlas escuchado en directo mientras la Carrera del
Espacio se pespunteaba segundo a segundo. Algunas aparecerán en este escrito
más adelante, pero volvamos al guion de esta narración.
Quizás
convenga que me remonte en el tiempo y recuerde al lector joven que, antes
incluso de finalizar la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos de América y
la Unión Soviética -ambos aliados contra la Alemania del III Reich-, ya habían
tenido fuertes fricciones que saltaron definitivamente al campo político cuando
sus enemigos del Eje fueron vencidos en 1945. Comenzó entonces, casi
inmediatamente, la que fue llamada “Guerra Fría”, que durante las tres décadas
de su vigencia (1945-1975) estuvo a punto de transmutarse en “caliente”,
dejando a nuestro planeta yermo y sin vestigio de vida alguna. Quien vivió
aquella época no la olvidará fácilmente.
Fig.3. Viñeta satírica en la prensa norteamericana del
peligroso pulso mantenido entre los líderes de las dos mayores potencias del
mundo: Khrushof y Kennedy a punto de lanzar una bomba “H” sobre el enemigo.
Fue
el 4 de octubre de 1957, cuando los soviéticos pusieron en órbita el primer
satélite artificial hecho por el hombre. Se llamó Sputnik 1 (Acompañante), y causó auténtica conmoción -e
incredulidad- en los medios científicos internacionales. Pero apenas un mes
después, el 3 de noviembre, el primer ser vivo, la perrita Laika, orbitaba la Tierra en el Sputnik
2. Pero eso no fue todo, porque también se adelantaron a los
norteamericanos con el primer impacto en la Luna con la sonda Luna 2, el 12 de septiembre de 1959; y
el primer vuelo cercano a Venus con la sonda Venera 1, el 12 de febrero de1961; etc. Pero lo que supuso un
auténtico bofetón al orgullo nacional estadounidense, fue la hazaña de Yuri A.
Gagarin el 12 de abril de 1961, consiguiendo ser el primer humano en subir al
espacio y orbitar nuestro planeta.
Fig.4. El segundo satélite artificial soviético, Sputnik 2 (Nov 1957), llevó al primer
ser vivo al espacio exterior, la perrita Laika.
Las prisas impidieron diseñar un método de recuperación del cánido. La
envenenaron para que no muriera abrasada en la reentrada en la atmósfera.
La
fecha del memorándum para el Vicepresidente, mencionado anteriormente, es una
prueba del detonante que debió estallar en la Casa Blanca tras el vuelo de
Gagarin ocho días antes. Los asesores del Presidente le orientaron sabiamente,
y un mes después, el 25 de mayo de 1961,
Kennedy lanzó un órdago en la Sesión Plenaria del Congreso de los
EE.UU., en el que expuso con toda firmeza:
-I
believe this nation should commit itself to achieving the goal, before this
decade is out, of landing a man on the Moon and returning him safely to Earth.
No single space project in this period will be more impressive to mankind, or
more important in the long-range exploration of space; and none will be so
difficult or expensive to accomplish.-
(Creo que esta Nación
debe comprometerse a sí misma a lograr la meta de poner un hombre en la Luna y
devolverle sano y salvo a la Tierra, antes de que concluya esta década. Ningún
proyecto espacial en este periodo causará tanto impacto en la Humanidad, o será
más importante en la exploración espacial a largo plazo; y ninguno será tan
difícil o tan caro de lograr.)
Su
moción fue aprobada por aclamación, sin fisuras ni titubeos. Si bien la
cuestión económica era importante, también lo era el escaso tiempo disponible.
La promesa que apoyó el Congreso en Washington, tenía plazo fijo, y había que
correr -y mucho-, para poder cumplirla. Mientras tanto, el premier Nikita Khruschof había persuadido al Politburó (máximo
órgano ejecutivo del Partido Comunista de la URSS) en pleno, de que la potencia
que dominara la astronáutica y con ella el espacio, también dominaría el mundo.
Asimismo fue respaldado en bloque.
Fig.5. El Presidente Kennedy se dirige en sesión conjunta al
Congreso y al Senado pidiendo su aprobación para: <<…poner un hombre en
la Luna y devolverlo sano y salvo a la Tierra, antes de que concluya esta
década (1969).”>>
El
arriesgado alegato de Kennedy pretendía neutralizar de una vez por todas los
fulminantes éxitos soviéticos en la investigación espacial, así que recogió el
guante del reto soviético y consiguió la aprobación del presupuesto inicial -y
demencial-, de 38.000 millones de dólares, que su antecesor en la Presidencia,
Dwight D. Eisenhower había rechazado -asustado-, tan solo cinco meses atrás
(diciembre 1960).
Comenzó
entonces una frenética galopada en la que el inmenso potencial industrial y
técnico norteamericano demostró su imparable ímpetu, pero también se requirió
la asistencia científica internacional allá donde la hubiera. Aquella vorágine
de entusiasmo y medios económicos sin aparente freno, en la que acabaron
interviniendo, directa o indirectamente, alrededor de 400.000 personas de todo
el planeta, recibió el nombre de Proyecto Apollo.
Aquel fue el primer paso para la presencia española en tan ambicioso reto.
Fig.6. Emblema oficial del Programa Apollo.
Las
autopistas electrónicas que comunicaban (y comunican) a los satélites, sondas
interplanetarias o naves tripuladas de todo tipo, con los respectivos centros
de control en la Tierra eran -y siguen siendo- totalmente esenciales para
cualquier vuelo extraterrestre. Cuando se desencadenó la vorágine del Programa Apollo, la NASA ya contaba con una red
de seguimiento y control para el espacio profundo (Deep Space Network-DSN), y otra para satélites y vuelos tripulados
orbitales llamada STADAN. En la primera destacaba la de Robledo de Chavela
(Madrid), conocida por su código de DSS-61 (Deep
Space Station 61), y en la segunda la de Maspalomas en la isla de Gran
Canaria, imprescindible ésta para decidir la puesta en órbita de los primeros
vuelos tripulados norteamericanos de los programas Mercury y Gemini, o el
aborto en su caso. (Desafortunadamente son multitud los compatriotas que
ignoran aquella decisiva asistencia española a los primeros vuelos tripulados
de la NASA.)

Fig.7. John Glenn visita la Estación de Robledo. (19/10/1965) El astronauta dijo: “No cabe duda de que España ha jugado un importante papel en los vuelos espaciales. Una de las primeras estaciones de seguimiento y observación es la de Robledo de Chavela”.
Pero
ninguna de esas dos instalaciones era plenamente apta ante la complejidad de un
vuelo a la Luna, sobre todo si llevaba seres humanos en sus entrañas. La
presencia de hombres a bordo de una nave, que por primera vez abandonara el
entorno terrestre para hollar otro cuerpo celeste, exigió unas medidas de
perfección y eficacia como nunca antes se habían intentado. La NASA anunció que
pretendía alcanzar el 100% de seguridad en las múltiples fases del proyecto, y
aunque la perfección absoluta no existe, sí se estuvo muy cerca de ella, ya que
se consiguió el 99,98%, lo que es poco menos que milagroso si se tienen en
cuenta los miles de situaciones críticas por las que los hombres elegidos
habían de pasar.
Fig.8. Maspalomas. Antena parabólica de 9m de diámetro. John
Glenn, que fue el primer norteamericano en orbitar la Tierra (22/2/1962),
reportó desde su cápsula Friendship 7
(Amistad 7): "A la vista, las Islas Canarias ¡qué paisaje!"
Llegado
a este punto, no puedo omitir la terrible tragedia del Apollo I (27/1/1967), en una simulación en Cabo Cañaveral, en la
que murieron de forma horrible los tres miembros de su tripulación, Edward
White, Virgil Grissom y Roger Chaffee, delante de sus horrorizados compañeros,
que nada pudieron hacer para salvarlos.
Fig.9. Emblema oficial del que hubiese sido Apollo I, con los nombres de sus tres
tripulantes, White, Grissom y Chaffee, muertos trágicamente en una simulación
(27/1/1967).
Semejante
desdicha fue un revulsivo para la NASA, que aumentó las medidas de seguridad,
reafirmando entre ellas la creación de una red de seguimiento y control
terrestre nueva y específica que, además de cubrir todos los rincones del
globo, tuviera al menos tres grandes antenas parabólicas de 26 metros de
diámetro, con capacidad para apuntar a cualquier rincón de la bóveda celeste, y
procesar debidamente la avalancha de datos que llegarían de la Luna a la
Estación, y se transmitirían desde ella, a pesar de la gran distancia
Tierra-Luna.
La
comunicación directa con los arriesgados viajeros era fundamental para su
propia seguridad, así como para garantizar el éxito de la misión encomendada.
Sus constantes vitales, su voz e imagen, y las miles de señales que informaban
del estado –milisegundo a milisegundo-, de los miles de controles e
indicaciones del cohete Saturno V, y
de las naves en las que harían un periplo de una semana aproximadamente,
demandarían una vigilancia exhaustiva por parte del personal especializado en
la Tierra. Aquella inestimable ayuda recibió el acertado nombre de “El enlace
vital”, y demostró serlo misión tras misión.
La
Instalación de Seguimiento de Fresnedillas para Vuelos Espaciales Tripulados (Madrid Apollo, para la NASA), nació y se
desarrolló en esa dinámica de cuenta atrás, ofreciendo una oportunidad única a
los ingenieros, técnicos y especialistas españoles de participar en primera
fila en el ambicioso sueño de que un ser humano llegara a pisar otro cuerpo
celeste.

Fig.10. El autor a la entrada de la Estación de Fresnedillas,
con la antena siguiendo a los astronautas del Apollo XIV, que se encontraban en la Luna (también en la imagen)
cuando se tomó la foto. (Feb 1971).
La
convivencia obligada con los colegas norteamericanos fue personal e
intransferible. Es decir, a cada uno de los alumnos españoles nos fue bien,
regular o mal, dependiendo en buena parte de tu propio talante, y desde luego
de cómo le cayeras al teacher que te
habían asignado.
El
acuerdo firmado por el Gobierno de España con el de los Estados Unidos, había
brindado todo tipo de facilidades para la construcción y manejo –por parte del
personal norteamericano-, de las estaciones de seguimiento espacial ubicadas en
España. Pero nuestro Gobierno exigió una contrapartida trascendental, la de que
el personal técnico español que fuera reclutado, recibiría un adiestramiento
intensivo y profundo de los equipos existentes en la estación, así como de los
procedimientos a usar en los programas espaciales, y cuando demostrara su
perfecta capacitación (certification),
el teacher cedería su plaza al alumno
español, y retornaría a su país.
Fig.11. Sello conmemorativo de Correos dedicado a INTA-NASA,
iniciativa del autor, con motivo de la aportación española a la Investigación
Espacial. Autógrafo del grabador D. Mariano Salamanca, de la Fábrica Nacional
de Moneda y Timbre. (1991).
La
realidad del día a día vino a ser más dura que la teoría, ya que los técnicos
norteamericanos habían sido contratados por la Bendix, a instancias de la NASA,
con unas condiciones económicas envidiables, que de ninguna forma tendrían en
los EE.UU. Su renuencia –humana y comprensible-, a perder el envidiable estatus
de vida en España, fue un duro escollo adicional que tuvimos que salvar los
técnicos españoles de Fresnedillas para obtener la ansiada capacitación. Pero
lo conseguimos tras una elaborada “Reconquista”, (nombre dado por algunos de
mis colegas patrios.)
Fig.12. El comandante de la nave Apollo VIII, Frank Borman, visita la Estación de Fresnedillas tras
su legendario vuelo alrededor de la Luna, para agradecer el valiosísimo apoyo
recibido por su personal técnico. Le atienden Daniel Hunter, Director de la
NASA en la Estación, y Jack Zaratzian, Jefe de Operaciones de Bendix.
(18/2/1969).
El
porqué de la decisión concreta por la NASA de la elección de Fresnedillas de la
Oliva para la importante contribución que le esperaba, me demandaría muchas
líneas que prefiero emplear en otros eventos. Pero sintetizándolo, señalaré que
fue decisivo el hecho de que ya existiera cercana a Fresnedillas la estación de
Robledo de Chavela, dotada de una antena de 26 metros de diámetro, que pudiera
servir de reserva de la Apollo Station.
Para ello, se las enlazó con un haz de microondas y por líneas telefónicas,
estando ambas alejadas de tendidos de alta tensión, emisoras de radio, líneas
de ferrocarril electrificado, o de poblaciones importantes, cuyos servicios
pudieran dañar la recepción de las débiles señales que llegarían desde la Luna.
Fig.13. El autor, recien incorporado a NASA-INTA, atendiendo el
sistema de Microondas entre las estaciones de Fresnedillas y de Robledo. (1969).
Adoctrinamiento y adiestramiento.
La
estación de Fresnedillas fue una gran cátedra para los españoles reclutados por
NASA-INTA, porque aprendimos algunas tecnologías y materias que jamás antes
habíamos visto, oído o estudiado en nuestras escuelas y universidades. Desde el
primer día de la incorporación de cada uno de nosotros, comenzamos a absorber
sin freno lo que el personal norteamericano nos enseñaba (en su lengua, claro),
más lo que observábamos en derredor.
Según
los conocimientos de cada cual, se nos fueron dando cursos de mayor o menor
envergadura, sobre generalidades o sobre temas técnicos concretos. De algunos
podíamos saber bastante, de otros menos, y de otros nada en absoluto. Pero a
los pocos meses, todos recibimos el cum
laude, que la NASA llamaba Certification,
y que te capacitaba para trabajar en nuevas técnicas punta que no paraban de
llegar de los EE.UU., aparte de hacerte responsable de uno o más equipos que,
indefectiblemente, fueron multiplicándose con el tiempo.
Para
los cursos más avanzados, la NASA tenía en el estado de Maryland, un centro de entrenamiento
multidisciplinario llamado Network Test
and Training Facility o NTTF (Centro de Entrenamiento y Pruebas de la Red),
donde se impartían cursos especializados de disciplinas tales como:
informática, ordenadores, radiofrecuencia, microondas, servomecanismos,
hidráulica, criogenia, comunicaciones, y así un largo etcétera, que tenían
aplicación directa en los equipos operativos que la NASA había depositado en
nuestras manos.
Tan
pronto como un nuevo técnico español era captado para Fresnedillas, se le
asignaba el equipo o sección más acorde con sus conocimientos, se le ponía al
día sobre el vastísimo Programa Apollo
(Apollo Indoctrination), y tan pronto
era posible, se le enviaba al complejo educacional NTTF. Allí recibiría un
denso curso de uno a tres meses de duración, sobre uno o varios equipos, que a
su vuelta a Fresnedillas estarían bajo su tutela y responsabilidad.
Rara
era la semana en que no hiciéramos simulacros y pruebas internas, que luego se
ampliaban al resto de la red de estaciones y centros de control de la NASA en
todo el planeta. Así, cuando llegaba un lanzamiento de verdad, todo transcurría
como si fuera un simulacro más, es decir, perfectamente.
Fig.14. Fresnedillas. En primer plano consola de Receptores en la sección de
Radiofrecuencia, y al fondo la consola del Servo (Antena). Todo el equipo en
funciones es español. (1971).
“Madrid is Green and Go!”, era nuestra
respuesta cuando inquirían sobre nuestro estatus los centros de control de
Goddard y Houston. Era mucho más concisa que su traducción al español, que
sería: “Madrid – Fresnedillas tiene todos los equipos funcionando y su personal
está dispuesto para todo”.
Detrás
de la exclamación “Green and Go!”, se
ocultaban las agotadoras pruebas que desarrollábamos entre Apollo y Apollo,
calibrando equipos, disponiendo configuraciones, enviando y recibiendo señales,
y ¡cómo no!, preparándonos a nosotros mismos para el siguiente vuelo.
Repasábamos una y otra vez los voluminosos manuales que la NASA actualizaba con
gran frecuencia, introduciendo cambios que, a veces desbarataban todo lo que
uno creía ya más que sabido.
Recuerdo
muy bien que en una ocasión se detuvo la cuenta atrás de un lanzamiento a la
Luna (Apollo XVI), porque las dos
estaciones de Madrid dejaron de estar disponibles a tan solo 9 días del
despegue hacia nuestro satélite. Ocurrió el viernes 7 de abril de 1972 cuando
se cortaron totalmente las comunicaciones por microondas entre Fresnedillas (Madrid Prime) y Robledo (Madrid Wing).
Fuertes
rachas de viento surgidas inesperadamente, parecían ser las causantes del
desafuero. El anemómetro instalado en el tejado del edificio de Operaciones
indicaba velocidades de más de 160 km/h, y si esa lectura se tomaba a 4 metros
de altura, ¿qué no ocurriría allá arriba en La
Almenara, a 1.259 metros de altura, donde se encontraba el repetidor de
microondas que enlazaba a las dos estaciones mencionadas?
Una
vez informada la NASA, su decisión fue rotunda: si las dos estaciones Madrid Apollo no podían funcionar a
pleno rendimiento, se detendría la cuenta atrás del lanzamiento del Apollo XVI. ¡Así de valiosa era nuestra
función!
Fig.15. El astronauta Charles Duke atiende las explicaciones
del autor sobre el Museo Lunar de Fresnedillas. Duke fue el CapCom del Apollo XI y piloto del módulo lunar del Apollo XVI.
Inmediatamente
se organizó un grupo de técnicos (entre los que se encontraba este autor) para
escalar aquella cima, cargados de herramientas y equipos como los sherpas
tibetanos, para subsanar el posible daño causado por el inesperado huracán a la
torreta que sostenía dos platos parabólicos de 1,5 m de diámetro cada uno.
No
voy a detallar la dureza de la ascensión, ni los riesgos de caer despeñados,
porque lo importante ahora es constatar que logramos nuestro propósito, aunque
nos dejáramos amplias zonas de nuestra epidermis en ello. Nada más descender y
retornar a Fresnedillas, informamos a nuestros superiores, que satisfechos,
trasladaron a Goddard y a Houston la buena nueva de que Fresnedillas (Madrid Prime) y Robledo (Madrid Wing), volvían a estar
operacionales al cien por cien. ¡El Apollo
XVI podía reiniciar su cuenta atrás! Despegó sin más problemas el 16 de
abril de 1972, y fue un gran éxito, como es ampliamente sabido.
Pero
volviendo a los repetidos entrenamientos, la NASA, para que todo fuera lo más
real posible, se había hecho con una flotilla de cuatro aviones Lockheed C-121 Constellation, que fueron transformados
interiormente en auténticas cápsulas espaciales, con sus ordenadores,
transmisores y receptores, equipos de navegación, telemetría, moduladores de
voz, etc. El equipo personal se componía de doce técnicos (uno de ellos hacía
las veces de astronauta), más tres tripulantes (dos pilotos y un navegante).
Fig.16. Avión Lockheed C-121 Constellation,
uno de los cuatro que modificó la NASA simulando ser una nave Apollo. Sobrevoló
varias veces la nueva Estación de Seguimiento Espacial de Fresnedillas, para su puesta a punto en el
Programa Apollo.
El
Constellation comprobaba
exhaustivamente la eficacia de nuestro personal sobrevolando repetidas veces
las estaciones de Fresnedillas y Robledo, lo que provocó cierto nerviosismo en
algunos pueblos de la sierra de Guadarrama, por confundirlo sus ciudadanos con
un OVNI. La prensa se hizo eco de esos “inexplicables” avistamientos, mientras nosotros sacábamos el máximo
provecho a aquella nave Apollo de
pega.
Traqueando.
Hasta
yo mismo me horrorizo de la palabreja que da título a este subcapítulo: Traqueando. Era una de las más usadas de
nuestro cotidiano argot laboral, fruto de una fusión morfosintáctica y semántica del español con
el inglés, conocida como espanglish
o ingañol, a elegir. La
realidad es que nos permitíamos todo tipo de atrocidades lingüísticas durante
la faena, siempre que no nos oyeran nuestros colegas norteamericanos de
NASA-Bendix.
Fig.17. La consola del Servo (Antena) de Fresnedillas en plena vorágine del
vuelo Apollo XI a la Luna. Cuantos
más ojos y más oídos mejor. En primer plano el norteamericano Lenny Parker con
dos compatriotas. (Julio 1969).
Cuando
en Fresnedillas decíamos que traqueábamos,
queríamos señalar que: “buscábamos” o “rastreábamos” por el espacio una nave,
sonda, o satélite, la “localizábamos”, “capturábamos” su señal, continuábamos
“persiguiéndola”, allá por donde navegara, mientras le “sacábamos” toda la
información que había conseguido por aquellos cielos de Dios, a la vez que le
“dábamos instrucciones” (commands)
para que se comportara debidamente durante la siguiente órbita u horas de
singladura espacial. Eso era el Tracking,
ni más ni menos. De ahí que involuntaria y cómodamente optáramos por el término
aberrante de traquear, que englobaba
la actividad polivalente mencionada.
Recordaré
al lector no avezado, que el ciclópeo Saturn
V, tras despegar de Cabo Cañaveral, soltaba sus dos primeras fases en
breves minutos, una vez consumido su combustible, y el resto del cohete
portando las naves Columbia e Eagle, entraba en órbita de aparcamiento terrestre -que así se llamaba-, para
comprobar minuciosamente el funcionamiento de todos los equipos de a bordo, con
las instrucciones que los astronautas constataban con el personal de tierra.
Aquellas eran horas de auténtico fragor de batalla, donde nada podía quedar al
albur, y éramos conscientes de que cualquier fallo de equipo o error del
personal técnico, podía dar al traste con la misión, o incluso poner en peligro
la vida de los astronautas.
Fig.18. Diagrama del gigantesco cohete Saturno
V, obra maestra del ingeniero de origen alemán Wherner von Braun. De 110
metros de altura, fue el mayor jamás construido. Llevó a 27 hombres hasta la
Luna sin un solo fallo.
Cuando
por fin el Mission Control Center
(Centro de Control de la Misión) en Houston (Texas), con la aquiescencia de la
tripulación del Apollo, decía las
palabras mágicas Gofor TLI!
(¡Adelante con la Inserción Trans Lunar!), un último bramido del cohete S-IV-B vencía la gravedad terrestre y
ponía rumbo a nuestro satélite, al que llegaría unos tres días después. A
partir de ese momento, en Fresnedillas el frenesí iba amainando y nosotros
permitíamos que nuestros riñones se apoyaran suavemente en el respaldo del
asiento, donde habíamos permanecido envarados como estacas durante las últimas
horas.
Fig.19. El Centro de Control de la Misión (MSC), en Houston en plena
efervescencia durante el vuelo del Apollo
XI. La coordinación de todos los ingenieros y especialistas, junto a la
conexión continua con las estaciones de seguimiento en todo el globo, hicieron
posible el éxito histórico del Programa Apollo.
(1969).
El sueño de una noche de verano.
Una de
las preguntas más repetidas que me han hecho -y me siguen haciendo- los
asistentes a mis conferencias, es para saber qué emociones experimentamos mis
compañeros y yo en Fresnedillas, en los momentos históricos de la llegada del
primer hombre a la Luna. La respuesta suele defraudar porque ninguno de quienes
participamos en aquellos hechos tuvimos tiempo para hacer disquisiciones
filosóficas sobre el alcance de la evidente hazaña conseguida en nombre de la
Humanidad.
Fig.20. Sello conmemorativo del US Post Office, emitido por la llegada del
primer hombre a la Luna. Se hicieron 152 millones de ejemplares, que no
llegaron a cubrir las peticiones de los coleccionistas de los cinco
continentes. (1969).
La
noche del 20 al 21 de julio de 1969, el equipo técnico de Fresnedillas repetía
una vez más lo que venía haciendo desde meses atrás, siguiendo las mismas
pautas, ejecutando los mismos pasos según lo previsto y estudiado cientos de
veces. El personal solo tenía ojos y oídos para escrutar ávidamente las
indicaciones que mostraban sus equipos, comprobar que los valores aritméticos o
eran exactos, o estaban dentro de un margen aceptable. Cada técnico formaba un
indisoluble tándem con su equipo, como si fueran dos entes en uno solo, y ése
era su único mundo, que no era poco.
El
momento para reflexionar sobre el conjunto de la labor felizmente desarrollada
en Fresnedillas, llegaba solo cuando el relevo venía a levantarte de la silla
para continuar tu labor, y tú permanecías aún unos minutos de pie detrás de él
tanteando tu bagaje de adrenalina y asegurándote de que todo proseguía como la
seda. Eran la prensa y los informativos de televisión quienes divulgaban como
una notoria gesta la aportación de tu saber, eficacia y temple de nervios.
Salvando
las comparaciones, y desde luego la enorme distancia Tierra-Luna, me permito
reproducir aquí el comentario que le oí a Edwin (Buzz) Aldrin en 1989, en el
20º aniversario de su llegada a nuestro satélite, cuando le hicieron una
pregunta similar: <<What did you
feel when you first stepped on the Moon? What did you think on such histórical
moment?>> (¿Qué sintió cuando piso la Luna por primera vez? ¿Qué
pensó en ese momento histórico?)
Fig.21. Los héroes del Apollo XI. (Izda. a dcha.): Neil A. Armstrong, Michael
Collins y Edwin “Buzz” Aldrin. (1969).
Ruego
al lector que me disculpe por poner el texto en inglés, pero ya que tengo en mi
poder una transcripción literal de sus palabras en aquella teleconferencia, me
debo al rigor de sus expresiones originales. Aldrin se expresó así:
<<There wasn’t time to savour the moment. It
seemed as though what we were doing was so significant that to pause for a
moment and reflect metaphysically was really contrary to our mission. We
weren’t trained to smell the roses. We weren’t hired to utter philosophical
truisms on the spur of the moment. Wehad a job to do.>>
(No había tiempo para
saborear el momento. Nos parecía que lo que estábamos haciendo era tan
importante, que parar un momento para reflexionar metafísicamente iba en contra
de nuestra misión. No fuimos entrenados para oler las rosas. No se nos había
contratado para proferir perogrulladas en aquel momento concreto. Teníamos una
tarea que cumplir.)
Es
evidente que Aldrin y yo pensábamos igual.
El
diario ABC había dicho unos días antes, el 10 de junio de 1969, en negrita:
Plena confianza de la N.A.S.A. en los técnicos españoles. (Seguía más
adelante):
<<…
reconocimiento oficial al hecho de que el personal que trabaja en ella,
directivos, técnicos, administrativos y subalternos, todos ellos empleados del
I.N.T.A., tienen el alto nivel técnico necesario para la realización de su
misión.>>
Sería falsa modestia contradecir al ABC, porque el devenir de aquel vuelo
lunar le dio la razón. Todo salió perfecto en las estaciones de seguimiento
españolas. ¿Además quiénes éramos nosotros para desdecir a tan ilustre y
decimonónico periódico?
Fig.22. El CapCom del Apollo XI
Charles Duke en acción en el Centro de Control de la Misión (MSC), en Houston.
Tras él los astronautas del Apollo XIII,
Jim Lovell y Jack Swiggert. (Julio 1969).
Los
tripulantes del Apollo XI, mejor
dicho, del módulo lunar Eagle
(Águila), no descollaban por parlanchines precisamente. Mantenían largos
silencios que quebraba de vez en cuando el CapCom
(astronauta Charles Duke) desde Houston, simplemente para oír su voz. Nosotros
en Fresnedillas no le quitábamos ojo a las registradoras de papel (strip chart recorders), donde veíamos en
directo la respuesta de sus electrocardiogramas, encefalogramas, presión
sanguínea y demás constantes vitales. El ritmo cardiaco era normal y su
actividad cerebral la esperada en cada momento. Aun así se echaba en falta la
cháchara típica de otros astronautas que mantenían la línea de voz con la
Tierra calentita, aunque fuese con frases monótonas y aburridas. El caso era
hablar y ser contestado. La recepción de la voz humana en la soledad cósmica
tenía para los astronautas propiedades mágicas como el bálsamo de Fierabrás
para Don Quijote.
Fig.23. Uno de los frecuentes electrocardiogramas de los astronautas del Apollo XI recibidos en Fresnedillas.
Aldrin (72 ppm), Armstrong (108 ppm), y Collins (84 ppm). (Julio 1969).
Pero
ni Armstrong ni Aldrin estaban por la labor de amenizar el viaje, y el aburrido
Collins, allá arriba fue quien quebró el silencio muchas veces con chanzas y
chirigotas, quizás porque en su soledad necesitaba más que nadie el calor
humano, aunque fuera exclusivamente verbal. Hasta el diario vespertino Pueblo había editado una crónica el 19
de julio, titulada Tripulación aburrida,
precisamente por los cansinos silencios espaciales.
Por
la posición de la Tierra en el momento cumbre del alunizaje, le correspondió a
Fresnedillas ser los oídos y la voz del centro de control de Houston. Ese mismo
día épico del 20 de julio, el director de vuelo Eugene F. Kranz, ordenó
despertar a la tripulación del Apollo XI
con una selección de briosas marchas de John Philip Sousa, tan conocidas de
todos, por ser las habituales de los encuentros deportivos y actuaciones
circenses. Kranz quería a la tripulación marchosa para el gran acontecimiento.
Luego
siguieron las fases de frenado para aliviar el tirón de la Luna y quedar
atrapados en su órbita, más tarde la separación de los módulos de mando y
servicio (CSM) del módulo lunar (LM), alejando a Armstrong y Aldrin de su
colega Collins, que pasó a ser el hombre más
solo del universo desde Adán, como se autodenominó unas horas después.
Cuando
el módulo lunar Eagle descendía a
1.800 metros hacia su destino en la superficie lunar, el ordenador de a bordo
encendió una alarma de color ámbar, la 1202. Todo el mundo se echó a temblar,
porque en esas circunstancias trepidantes cualquier anomalía podía suponer un
desastre. Unos minutos después volvieron a aquietarse los corazones al asegurar
un informático empollón del control de Houston, que la 1202 era un simple aviso
del exceso de actividad del ordenador. El pobrecito ordenador estaba desbordado
y simplemente se quejó. El CapCom y
futuro astronauta del Apollo XVI
Charles Duke, tranquilizó a los chicos de arriba diciéndoles que siguieran
adelante, que todo estaba bajo control. En Fresnedillas también se exhaló un
suspiro, pero por poco tiempo, porque apenas doce minutos más tarde el módulo Eagle sobrevolaba la zona prevista para
el aterrizaje.
Aldrin
iba cantando una retahíla de números (como los niños de San Ildefonso en
Navidad, pero sin alegría), haciéndonos saber dónde se encontraba la nave cada
pocos segundos. Aunque Aldrin lo decía en inglés y en su sistema de medidas, me
he permitido hacerlo asequible para quienes vivimos en el sistema métrico
decimal:
<<…250
metros [altitud], reduciendo a 25 [kilómetros por hora],…200 metros, reduciendo
a 21 [km/h]…165 metros, reduciendo a 16 [km/h]…121 metros, reduciendo a 10
[km/h], hacia adelante 100 metros, descendiendo a 4 km/h…>>
De
repente los navegadores de Houston percibieron que algo iba mal, el módulo
lunar había dejado prácticamente de descender pero de repente entre 60 y 100
metros de altitud aumentó su velocidad a ¡unos 88 km/h! ¿Dónde iban esos locos?
El CapCom Charles Duke avisó: <<¡60 segundos!>>. Ese era
el tiempo de consumo de combustible que les quedaba para abortar la misión y
encender el motor que les traería de vuelta a la Tierra, si no conseguían
posarse suavemente en suelo llano y en posición vertical. Su retorno dependía
totalmente de cómo aterrizaran. Ese fue otro de los momento en que todos, en
Houston y en Fresnedillas contuvimos de nuevo el aliento.
La
retahíla de Aldrin se reanudó:
<<:...bajando
despacio…61 metros, reduciendo a 1,5 [km/h]…5% de combustible [queda en la
reserva],…23 metros, encendemos luces, …reduciendo a 0,8 [km/h] , …12 [metros],
levantamos polvo, …9 [metros], sombra tenue, 1,3 [km/h] avante, un poco a la
derecha,…va bien…>>
Por
el transmisor de Fresnedillas salió el avisó del CapCom que nos inquietó a todos: <<¡30 segundos!>>, alertándoles de que no buscaran más
el aparcamiento perfecto, porque el combustible estaba en las últimas. Pero los
segundos siguieron pasando en un silencio agobiante que nadie en la Tierra se
atrevía a interrumpir. Todos nos mirábamos sin decir palabra y sin quitar ojo a
los relojes que parecían correr desenfrenadamente. Detrás del CapCom, el Director de la Misión Apollo XI, George Hage, rezaba en voz
baja: <<¡Bájalo, Neil! ¡Bájalo!
>>
Por
fin se encendieron las luces indicadoras de que las cuatro patas del módulo
lunar habían tocado suelo, y la voz de Aldrin, vino a relajarnos a todos: <<Contact Light…okay, engine
stop!>> (¡Luz de contacto. OK. Motor parado!), cuando solo les
quedaban 10 segundos más de propergol. ¡Uf! Estuvieron muy cerca de la
catástrofe, pero el baqueteado Armstrong, al no localizar el lugar previsto
estudiado en la Tierra, se hizo con los mandos manuales y buscó sobre la marcha
el lugar menos escabroso posible, y allí decidió posar la nave voladora más
antiestética que se haya conocido jamás.
De
nuevo la voz del comandante Neil Armstrong cruzó el espacio, y cambiando su
tono aséptico por otro algo más vivo, nos paralizó a todos:
<<Houston,
Tranquility Base here. The Eagle has landed.>>
(Houston,
aquí Base de la Tranquilidad. ¡El Águila ha aterrizado!)
El
griterío exultante de la conocida sala de control de Houston se oyó en
Fresnedillas por las líneas de comunicación, fundiéndose con las de nuestros
técnicos americanos y españoles, que desbordamos la emoción contenida durante
los últimos densísimos minutos. El CapCom
Duke pudo por fin hilar palabra y contestar a los nuevos selenitas lo primero
que se le ocurrió, que era el fiel retrato de lo que acababa de ver a su
alrededor:
<<Roger,
Tranquility.We copy you on the ground. You´ve got a bunch of guys about to turn
blue. We’re breathing again. Thanks a lot. >>
(Enterado,
Tranquilidad. Os oímos desde tierra. Había aquí a un montón de tíos a punto de
ponerse azules. Ahora volvemos a respirar. Muchas gracias.)
Eran
las 9 y 18 minutos de la noche del sábado 20 de julio en la España peninsular.
Alguien
nos comentó que la emoción también se había desbordado en la Sala de Prensa,
donde los enviados especiales entraban y salían presurosos para comunicar la
buena nueva a sus editoriales, familias y amigos. No era para menos.
Fig.24. Sello del módulo lunar Eagle
del Apollo XI, emitido por el
Emirato de Manama.
En
esos agitados minutos, alguien en los EE.UU. visitó el cementerio de Arlington
en Virginia, y depositó un ramo de flores en la tumba del presidente Kennedy,
verdadero promotor y motor del Programa Apollo
hasta que le asesinaron en 1963. Las flores iban acompañadas de una nota que
decía: -Mr. President, the Eagle has
Landed.- (Sr. Presidente, el Águila
ha alunizado.) Seguro que John F. Kennedy lo agradeció.
Unos
mil millones de televidentes de los cinco continentes, esperaban que en pocos
minutos aparecieran los astronautas en escena hollando la virginal Selene, pero
no, hubo que esperar varias horas. Como estaba escrito, Armstrong y Aldrin se
pusieron inmediatamente a preparar el módulo lunar por si tenían que volver a
toda prisa ante cualquier imprevisto no deseado. No en balde, estaban en otro
mundo y nunca se sabe… Emplearon en
ello casi dos horas, y con los nervios a flor de piel manifestaron a Houston su
deseo de salir al exterior sin más dilación, pero los directores, con la cabeza
más fría y mucho más responsables que los astronautas en ese momento, aceptaron
a regañadientes saltarse la agenda prevista y permitirles salir al exterior tres horas más tarde, que tiempo
tendrían de dormir en su viaje de vuelta a casa.
Pero
antes de salir al exterior, el piloto del Eagle
nos sorprendió a todos pidiendo al control de tierra un par de minutos de
silencio y meditación. Nos miramos unos a otros con cara de interrogación,
intentando adivinar el sentido de las palabras de Buzz Aldrin, que fueron
exactamente estas, que transcribo del documento correspondiente:
"This
is the LM pilot. I'd like to take this opportunity to ask every person
listening in, whoever and wherever they may be, to pause for a moment and
contemplate the events of the past few hours and to give thanks in his or her
own way."
(Soy el Piloto del
Módulo Lunar. Me gustaría aprovechar esta oportunidad para pedir a todos los
que me están escuchando, sean quienes sean y estén donde estén, que hagan una
pausa momentánea y repasen los acontecimientos de las últimas horas y den
gracias por ello a su modo.)
Después de su retorno a la Tierra,
supimos por el mismo protagonista del inesperado acto sacramental, que tras
pedir al comandante Neil Armstrong la preceptiva autorización, comulgó con el
cáliz y pan bendecido que había llevado consigo secretamente en un bolsillo del
brazo derecho. La NASA no vio con buenos ojos aquel acto, ya que el año
anterior la tripulación del Apollo VIII
había leído en una retransmisión televisiva unos párrafos del Génesis bíblico,
acto que fue llevado a juicio tras una denuncia de un grupo religioso radical
estadounidense.
Fig.25. Bolsita privada de Aldrin en la que llevó el cáliz, el vino y un trocito
de pan bendito para comulgar en la Luna. Lo hizo ya posado el Águila en el Mar de la Tranquilidad,
antes de salir al exterior.
El
mensaje pseudo críptico de Aldrin respondía al requerimiento de la NASA de que
sus astronautas no hicieran manifestaciones ni actos religiosos que pudieran
provocar críticas de cualquier orden. De ahí que en Fresnedillas no
entendiéramos a priori el mensaje de Aldrin.
El
sufrido Collins fue el patito feo de aquella proeza, porque no solo estuvo a
las puertas de la gloria, sino que la acarició una y otra vez mientras orbitaba
nuestro satélite, oyendo cómo sus dos compañeros allá abajo se apropiaban de
toda la fama del momento. El equipo humano del Apollo Wing en Robledo, dedicó toda su atención en exclusiva al
casi olvidado piloto del módulo de mando Columbia,
Michael Collins. En sus órbitas lunares, Collins solo disponía de 7 fugaces
minutos para charlar directamente con sus añorados compañeros Armstrong y
Aldrin, en los que apenas tenían tiempo para cruzarse un saludo en plan
telegráfico.
El
implacable movimiento de rotación de la Tierra hizo que la Luna se ocultara por
el horizonte de poniente de Fresnedillas (Apollo
Prime Site) y de Robledo (Apollo Wing
Site), perdiendo la primera la señal del Eagle con Armstrong y Aldrin dentro, y la segunda la del Columbia, pilotado por Collins.
Cuando
el Control de la Misión en Houston nos relevó a ambas estaciones de nuestra
responsabilidad, empezamos a notar un evidente cansancio, contenido hasta ese
momento, pero ninguno quisimos volver a nuestras casas. ¿Quién se podía perder
el mayor acontecimiento de nuestra vida? ¿Quién iba a dejar que el sueño nos
impidiera ver en directo el primer paso de un ser humano en otro cuerpo
celeste? Así nos dedicamos a comentar detalles de las últimas horas, haciendo corrillos
o deambulando por las salas de Operaciones sin rumbo fijo, saboreando el
momento, aunque atentos a las conversaciones entre Houston y el trío de la fama
para asegurarnos de que todo seguía según el plan previsto (schedule, en inglés).
Me
acerqué a la sala de Prensa, ubicada en el edificio de Cafetería, y la encontré
rebosante de corresponsales, VIPS y visitantes autorizados, que observaban los
monitores de televisión que mostraban las imágenes que Prado del Rey transmitía
a todos los españoles. Otro recibía la información de la oficina de Relaciones
Públicas de la NASA en Houston, y otros dos mostraban aspectos de las salas de
Operaciones, ahora ya dispensadas de obligaciones.
Al
batiburrillo de periodistas, se sumó aquella noche en Fresnedillas el embajador
norteamericano Mr. Robert C. Hill, acompañado de una aristocrática belleza muy
en boga entonces, Ira von Fürstenberg, Princesa de Hohenlohe.
Después
de que el Sr. Embajador vio lo que vio y oyó lo que oyó en Fresnedillas, le
faltó tiempo para manifestar su satisfacción a un periodista de la agencia
Cifra, que publicó lo siguiente al día siguiente del feliz aterrizaje del Apollo XI:
- Acaba de empezar una gran empresa humana. Hemos podido
presenciar todos el comienzo de una aventura audaz, pero no temeraria. Pero no
vuelan solos. Vuelan apoyados por los equipos de técnicos que siguen su
trayectoria segundo a segundo desde la Tierra, muy singularmente desde la
estación espacial en Fresnedillas, casi a las puertas de Madrid, pues le
acompañan los buenos deseos, la admiración y las orientaciones de la mayor
parte de la raza humana, que se sabe representada por estos tres hombres.
Las funciones de la estación espacial del “Apolo” en
Madrid, que abarca la tercera parte del cielo, son de la máxima importancia
para este vuelo y para todo el programa “Apolo”.
Deseo expresar mi sincero agradecimiento al Gobierno
español –termina diciendo el embajador norteamericano-, por su muy apreciada
colaboración y a los competentes técnicos espaciales españoles por su intenso
trabajo y consagración al éxito de esta empresa espacial.- Cifra.-
¡Un
hurra por el señor Embajador!
Llegó
el momento tan deseado. La NASA, a través de la red de seguimiento MSFN, nos
ofreció imágenes de la cámara de televisión sujeta al fuselaje del módulo
lunar. Era un encuadre estático de la escalerilla del módulo lunar por donde
había de descender Armstrong. La imagen era en blanco y negro y escasamente
nítida, pero más que apta para lo que un tercio de la Humanidad estaba a punto
de contemplar.
De
pronto una mancha deforme, correspondiente al aparatoso atuendo de
supervivencia de Armstrong empezó a cruzar la pantalla lentamente de arriba a
abajo. Parecía un fantasma deforme con su aura grisácea, que temiera despeñarse
por la escalerilla abajo. El pie izquierdo, embutido en una enorme bota,
buscaba con cuidado el siguiente escalón, y así hasta que llegó al último,
desde donde se dejó caer a la cazoleta que rebordeaba la pata del Eagle.
A
las 109:24:48 de vuelo del Apollo XI,
es decir, las 03:56:15 de la madrugada (hora española) del domingo 21 de julio,
los españoles aún despiertos pudieron ver como en un lejano sueño a Armstrong
poner al fin los dos pies en el suelo lunar, convirtiéndose en el primer
terrestre en invadir otro cuerpo celeste.
Fig.26. Dibujo a carboncillo de Paul Calle, autor del sello conmemorativo de 10
centavos, según se imaginó cómo Neil Armstrong hollaría la superficie lunar.
El
audio de Neil Armstrong también dejaba que desear, pero aun así pudimos intuir,
más que oír sus palabras, injertado en aquel muñeco hinchado y torpe sacado de
un anuncio de Michelin, que tantísimas veces hemos oído y repetido después:
<<That’s
one small step for (a) man; one giant leap for mankind.>>
(Éste es un pequeño
paso para un hombre; una zancada gigante para la Humanidad.)
En
la sala de Comunicaciones de Fresnedillas, uno de los teletipos comenzó a
hacerse oír con su escandaloso traqueteo adornado con la ráfaga de campanilleos
que marcaban el final del mensaje: ¡Clinc!, ¡ Clinc!, ¡ Clinc!, alertando al
operador cercano de que acababa de recibirse un nuevo mensaje. La escritura
sobre papel con seis copias se sucedía sin freno. Los textos procedían de las
agencias de noticias más famosas
pretendiendo ganar la primicia que ya conocíamos cientos de millones de
personas en todo el globo. En todos los idiomas posibles y con redacción
telegráfica anunciaban a la rosa de los vientos el gran acontecimiento: el
hombre había hollado la Luna. Fue la crónica más breve, y a la vez la más
grande jamás dada por aquellas infernales máquinas, sustituidas ahora por la
también demoniaca Internet.
Se
decía que el periodismo era el arte de contar las cosas con el mínimo de
palabras posibles. Algunas de las más importantes agencias informativas dieron
así de breve la noticia, con apenas cuatro palabras la Associated Press y la Reuter,
y siete palabras –la más larga- la agencia France
Press:
up 77 c
accapollo 7/21
bulletin77777
armstrong sets foot
on moon
upi spaceflight
sp0358
-.-.-.-.-.-.
fl a s h
el hombre pisó la
Luna
de Nueva York. 03.56
-.-.-.-.-.-.
a345ho
zyyuivwyyf
flash
space center
armstrong steps onto
moon
tnpap
afp 079
f l a s h Ω Ω Ω Ω Ω Ω
Ω Ω
L´homme pose le pied
sur La Lune.
afp.
03.56
Antes
de salir al exterior, Aldrin había reclamado a Armstrong un trueque. Ya que iba
a ser Armstrong (contra el pronóstico inicial) quien pasara a la inmortalidad
por ser el primer hombre en pisar otro cuerpo celeste, Aldrin quería ser el
protagonista casi absoluto de las fotografías que se obtuvieran durante su
permanencia en nuestro satélite, y para ello le entregó la cámara Hasselblad
para que se la colgara al cuello y la utilizara sin contención.
Dieciocho
minutos después del famoso pequeño paso
para un hombre, Aldrin asomó por la escotilla e inició el descenso,
teniendo antes la precaución de dejarla entornada y obstruida, no fuera a
cerrarse tras ellos, y tuvieran que quedarse en la Luna para siempre, ya que a
los ingenieros diseñadores de la empresa Grumman no se les había ocurrido dotar
a la escotilla de un manillar exterior. La feliz idea fue aplaudida por
Armstrong, como pudimos escuchar en las líneas de Air-to-Ground Voice:
<<Aldrin:
Now I want to back up and partially close the hatch, making sure not to lock it
on my way out.-Armstrong: A particularly good thought.>>
(Aldrin: Ahora quiero
volver a subir y entornar la escotilla, asegurándome de que no la cierro mientras salgo.- Armstrong: Una idea
especialmente acertada.)
Desde
Houston, con todo el tacto posible, insistían una y otra vez en que los dos
turistas torpones se pusieran a recoger piedras sin dilación, en vez de
extasiarse ante aquella <<magnificent
desolation!>> (¡grandiosa desolación!), como la definió Aldrin en su
primer vistazo.
Tantearon
su extraña movilidad y liviandad dando saltitos como canguros, y Armstrong
comenzó a buscar rocas en medio de aquel extenso colchón de polvo de talco pardusco. Aunque llevaba
una bolsa de teflón para guardarlas, sus dedos, agrandados y deformes por los
guantes, eran incapaces de abrirla y optó por irlas
metiendo en los bolsillos de las perneras del pantalón.
El
Presidente Richard Nixon quiso tener también su porcentaje de protagonismo en
aquella aventura, y les llamó por teléfono, recalcando que lo hacía desde el
famoso Despacho Oval de la Casa Blanca.
Apremiados
por Houston, Armstrong y Aldrin se replegaron al Eagle, tras pasar apenas 2 horas y 47 minutos pululando por la
Luna. Desplegaron la bandera de las barras y estrellas, los equipos del EASEP (Early Apollo Scientific Experiment Package
– Primer conjunto de experimentos científicos del Apollo), que dejaron funcionando, y cuyas señales se recibieron en
la Tierra inmediatamente. Y dentro de una bolsa, iba un disco de silicio con
mensajes grabados de 73 jefes de Estado (con una incomprensible ausencia, la
del Jefe del Estado español); un simbólico broche de oro con forma de ramita de
olivo; un emblema bordado del Apollo I
con los nombres de sus tres astronautas trágicamente fallecidos: White, Grissom
y Chaffee.
Pero
el detalle más emocionante fue cuando depositaron con cuidado ritual en el
suelo lunar, dos medallas que les habían hecho llegar las viudas de los
cosmonautas soviéticos Vladimir Komarov y Yuri Gagarin, también desaparecidos
trágicamente. Sus esposas habían pedido que quedaran en la Luna para siempre, y
allí están. Allí quedó también una placa metálica abrazada a una de las patas
del módulo lunar Eagle, que mostrará
eternamente un escueto mensaje firmado por Armstrong, Aldrin, Collins y el
Presidente Nixon, que difícilmente hubiese podido mejorarse:
Fig.27. Placa metálica fijada a una de las patas del módulo lunar Eagle del Apollo XI, con un mensaje de buena
voluntad con las firmas de los tres astronautas, más la del Presidente Nixon.
<<Aquí,
hombres del planeta Tierra pusieron por primera vez el pie en la Luna. Julio 1969.
(Era Cristiana) Vinimos en paz en nombre de toda la Humanidad. >>
Cuando
los dos turistas astrales recibieron la orden de <<gofor relax>> (acomodaos para dormir) en el Eagle, pensé que era el momento de
imitarles, tras tantas horas de estresante vigilia. Me entretuve en el pasillo
para ver en los monitores allí instalados, cómo reponían las escenas de los
primeros pisotones de Armstrong. Se arrimó a mí un janitor (auxiliar de la limpieza) ya mayor, oriundo de uno de los
pueblos serranos cercanos, y apoyándose con cierta apostura en su mocho me
preguntó, a la vez que indicaba con un gesto de cabeza las imágenes grises que
había enviado el Apollo XI: << ¿Usted de verdad se cree que hay hombres en
la Luna? Pues yo no. >> Y ante la cara de asombro que le debí poner,
y sin darme opción a responder algo, añadió:<< No caben. >> Anécdota inolvidable, que por eso la traigo
aquí.
Y
siguiendo el hilo de las incredulidades llamadas por algunos “teorías
conspiratorias” insistiendo en que los norteamericanos jamás llegaron a la
Luna, me permito dos breves digresiones: 1) si aquello hubiese sido una farsa
–que no lo fue-, los soviéticos lo hubiesen sabido sin la menor duda, y lo
hubiesen aireado a los cuatro vientos. No solo no lo hicieron, sino que a pesar
del antagonismo existente entonces, pidieron humildemente al Gobierno de los
EE.UU. que Armstrong y Aldrin llevaran hasta nuestro satélite aquel recuerdo
entrañable de dos de sus cosmonautas fallecidos fatídicamente; 2) ¿y de dónde
venían los datos que estuvimos recibiendo de la Luna en Fresnedillas y otras
estaciones de la red, durante los diez años siguientes al Apollo XI, bajo la denominación de ALSEP? (Apollo Lunar Surface Experiment Package–Paquete de Experimentos de
la Superficie Lunar el Apollo).
¯ ¡Y volver, volver, vooolveeerrr…!¯
El
asesinado presidente Kennedy había prometido poner un hombre en la Luna,
<<… y devolverlo sano y salvo a la
Tierra…>>, y su antaño oponente político, y en ese momento vigente
presidente Nixon, manifestó la misma esperanza en su mensaje telefónico a
Armstrong y Aldrin:
<<…For
one priceless moment, in the whole history of man, all the people on this earth
are truly one. One in their pride in what you have done, and one in our prayers
that you will return safely to Earth.>>
(… Por un momento
inapreciable, en toda la Historia del Hombre, todos los pueblos de este planeta
son realmente uno. Uno en su orgullo por lo que habéis hecho, y uno en sus
plegarias para que regreséis felizmente a la Tierra.)
Fig.28. Bosquejo a carboncillo de Paul Calle de la inédita llamada telefónica
del Presidente de los EE.UU. Richard Nixon, a los dos astronautas que se
hallaban hollando nuestro satélite. (Julio 1969).
Quienes
estuvimos metidos de lleno en el vuelo del Apollo
XI en Fresnedillas (Madrid Apollo
Prime) y en Robledo (Madrid Apollo
Wing), sabíamos que tan arriesgado había sido llevar a su tripulación a la
Luna, como conseguir después dejarlos aceptablemente intactos en la cubierta
del portaviones USS Hornet, que
surcaba el Pacífico.
Los
cálculos de navegación para el retorno abocaron a que fuera de nuevo la
estación de Fresnedillas la responsable (Prime
station) del control total desde la Tierra de la secuencias definitiva para
el éxito final de la misión Apollo XI:
el despegue desde la superficie lunar de la parte superior del Eagle, que tenía que llevar a Armstrong
y a Aldrin al encuentro con su colega Collins, tras su 26ª órbita alrededor de
la Luna.
Los
especialistas de Houston ya habían descubierto que el Eagle estaba a unos seis kilómetros del lugar previsto
originalmente para el aterrizaje, y por lo tanto tuvieron que hacer
correcciones en los datos de navegación almacenados en los ordenadores de las
dos naves. Fresnedillas (Apollo Prime)
transmitió los nuevos datos al Eagle,
y Robledo (Apollo Wing) hizo otro
tanto con el Columbia.
Pero
la mermada reserva de oxígeno para Armstrong y Aldrin (solo para un día más),
decidió a los navegantes no demorar más la salida al encuentro de Collins. Dado
el meridiano de Madrid, la NASA recabó la colaboración de las estaciones de
Canarias, y las lejanas Ascensión y Tananarive (Madagascar), aunque sus
reducidas antenas de 9 metros de diámetro limitaban seriamente su capacidad de
transmisión y recepción para la enorme distancia Tierra – Luna de unos 380.000
km.
Sabíamos
que el motor del cohete que les debería elevar desde la parte inferior del
módulo lunar, no había sido probado nunca antes en la Luna, y las pruebas que
se hicieron en la Tierra, fundieron las toberas del cohete. Pero uno de los
ingenieros de la Grumman aseguró, llenando la pizarra de fórmulas, que
teóricamente ese cohete daría el do de pecho en la Luna.
Aquella
iba a ser una primicia con todas sus consecuencias, y si al pulsar el botón de
encendido no había respuesta, la tragedia estaba servida. Sabemos que en el
control de Houston no se oía una mosca en los minutos previos al intento de
despegue, pero es que en Fresnedillas el silencio se masticaba. Y el cohete
funcionó. Aunque la angustia previa que pasó la tripulación del Eagle, y quienes sabíamos en tierra de
la dudosa eficacia del cohete, no se puede medir ni pesar.
Arriba,
Collins se había confeccionado una chuleta con los 18 pasos más importantes que
debía seguir al encontrarse con sus colegas de la Eagle, y para no extraviarla se la había colgado al cuello.
El
reencuentro de los tres camaradas fue suave, y tras los emocionados mini
abrazos (no había sitio para grandes aspavientos), trasladaron con toda premura
el material obtenido en la superficie lunar: 21,55 kg de rocas, fotos,
películas, y el detector de viento solar. Se separaron del Eagle que tan bien había cumplido, y le enviaron a estrellarse
contra la Luna, hecho que se pudo comprobar al recibir en tierra las bruscas
señales del sismómetro instalado por Armstrong en el paquete EASEP.
A
partir de ese momento se inició el ansiado retorno a casa acelerando desde 6.000 kilómetros por hora hasta alcanzar los
40.000 km/h al horadar las capas altas de la atmósfera. Michael Collins
aprovechó para tener un bonito detalle con quienes habíamos intervenido (y
seguíamos haciéndolo) en el conjunto de la misión Apollo XI. Aprovechó una retransmisión televisada para la Tierra, y
nos regaló los oídos con este mensaje televisado que todos pudimos ver y oír en
Fresnedillas, Robledo y Maspalomas:
<<This
operation [Apollo XI] is somewhat like the periscope of a submarine. All you
see is the three of us, but beneath the surface are thousands and thousands of
others, and to all of those, I would like to say, Thank you very much!>>
(Esta operación [Apollo XI] es de alguna forma como el
periscopio de un submarino. Todo lo que se ve es a nosotros tres, pero debajo
de la superficie hay miles y miles de otros, y a todos esos otros, me gustaría
decir: ¡Muchas gracias!)
Tras
aquella aleluya a nuestra labor colectiva internacional, el resto del vuelo
continuó sin ninguna incidencia digna de mención, esperando nosotros aquí abajo
que aquellos osados viajeros culminaran con bien su hazaña. Para ello, la
tripulación del módulo de mando Columbia
tuvo que separarse del fiel compañero llamado “módulo de servicio” (Service Module), antes de zambullirse en
la peligrosa atmósfera.
Fig.29. Traslado desde el portaviones USS Hornet
a Houston del preciadísimo material traído de la Luna por la tripulación del Apollo XI, en su embalaje hermético (Mobil
Quarentine Facility –MQF-).
El
ángulo de reentrada había sido prefijado para caer sobre el Océano Pacífico,
por lo que Fresnedillas se despidió de su participación activa por falta de
visibilidad. No obstante, nadie se movió de la Estación hasta que pudimos ver
en los monitores de televisión el chapoteo del reducido módulo de mando (Command Module – Columbia), aún sujeto a
los paracaídas. En ese momento los relojes GET (Ground Elapsed Time) de nuestras salas de Operaciones marcaban 195
horas 18 minutos y 35 segundos desde que despegaron de Cabo Cañaveral el pasado
16 de julio. Y esa fue la hora en que se desbordó la emoción y el vocerío en
todos y cada uno de los centros de la NASA que habíamos vivido, sufrido y
saboreado aquella gran hazaña.
Tres
meses después, en octubre de 1969, la tripulación del Apollo XI vino a Madrid en visita oficial. No me privo de
reproducir aquí las palabras que Neil Armstrong en nombre propio y de sus
compañeros, dijo en la recepción de la Embajada norteamericana, ante una
apelotonada masa de periodistas e invitados:
<<Sin
las vitales comunicaciones mantenidas entre el Apolo XI y la estación Apolo
[Fresnedillas], en Madrid, podemos afirmar que nuestro aterrizaje en la Luna no
hubiera sido posible. >>
¡Bien
dicho!
Fig.30. Los héroes del Apollo XI
visitan la capital de España y son
aclamados por el público que se aglomera en la Gran Vía madrileña. (7/10/1969).
Splashdown
party.
La
prueba de fuego de la Estación de Seguimiento Espacial de Fresnedillas se la
debemos al renombrado Apollo VIII,
que llevó a tres hombres a circunvalar la Luna por primera vez en la Historia.
Aquel hito ocurrió en las Navidades de 1968, y estableció una costumbre en la
Estación que llegó a hacer tradición, la de celebrar el feliz retorno de los
astronautas, cada vez que éstos eran recuperados en el Océano Pacífico
procedentes de la Luna.
Cuando
el Mission Space Center (Centro
Espacial de Houston) llamaba a Madrid
Apollo (Fresnedillas) para felicitarnos -y felicitarse-, por el éxito de la
misión, nos despedía con un: <<Madrid,
thank you for your excellent support! You are released! >>, que venía
a ser el ¡Rompan filas! de la
fenecida Mili. La traducción en definitiva era: ¡Gracias por vuestro excelente apoyo! ¡Os podéis ir!
Se
arriaba la bandera del Programa Apollo,
que había sido izada a los pocos minutos del despegue del enorme cohete Saturno V, en el mástil delante del
edificio de Entrenamiento, procedíamos a recoger y retirar los equipos
auxiliares de medida, y a archivar la montonera de libros, manuales y twixes (mensajes por teletipo), que
cubrían las mesas y encimeras.
Cuando
las salas de Operaciones (USB, Telemetry,
Computers y Communications) quedaban en perfecto orden de revista,
asaltábamos los coches (entonces Seat 124), y nos dirigíamos formando un convoy
de una treintena de vehículos, a disfrutar el merecido Splashdown Party (Fiesta del Amaraje), en un conocido restaurante
de Valdemorillo.
Como
el acontecimiento a celebrar era muy especial, casi todos nos poníamos ese día
corbata, para añadir solemnidad al acto. A uno de los jefes norteamericanos se
le ocurrió ponerse a la puerta del recinto, con unas enormes tijeras de sastre,
y rebanar las corbatas una por una, según íbamos accediendo al local. Los
muñones de corbatas, de amplia gama de diseños y colores, eran claveteados
después en una galería de madera que se izaba orgullosamente sobre la ventana
que daba a la Plaza Mayor, desde donde la podían ver todos los viandantes.
Aquel atípico cortinaje de corbatas permanecía intacto hasta el siguiente splashdown party, -normalmente seis
meses después-, en que una nueva remesa se claveteaba sobre la anterior, y así
año tras año hasta diciembre de 1972, en que el Apollo XVII cerró el ciclo de viajes a nuestro satélite natural.
Es
una pena que no se haya conservado aquel atípico suvenir, que ahora podría
albergarse con todo honor en el Museo Lunar de Fresnedillas de la Oliva, junto
a tantas otras reliquias de aquellos tiempos irrepetibles.
La
Estación de Seguimiento de Vuelos Espaciales Tripulados de Fresnedillas, ya
totalmente en manos de profesionales españoles, volvió a protagonizar en
primera persona el último lanzamiento lunar tripulado, el Apollo XVII, (7/dic/1972), y la última
despedida del hombre de la vieja Selene (14/dic/1972), por muchos, muchos años.
Fig.31. Amena entrevista del autor al astronauta Ronald Evans, piloto del módulo
de mando del Apollo XVII. (1976).
En
1976 tuve el honor y el placer de trabajar en Fresnedillas con el astronauta
Ronald E. Evans, piloto del módulo de mando (CSM- America), quien me regaló una copia de la placa metálica que dejó
firmada la tripulación (Eugene Cernan, Ronald Evans y Harrison Schmitt), sujeta
a una de las patas de su módulo lunar (LM – Challenger).
Dice así:
<<Here
man completed his first explorations on the Moon. December 1972. A.D. May the
spirit of peace in which we camebe reflected in the lives of all
mankind.>>
(Aquí el hombre ha
completado sus primeras exploraciones lunares. Diciembre 1972. Era Cristiana.
Que el espíritu de paz con el que vinimos se vea reflejado en las vidas de toda
la Humanidad.)
Fig.32. Copia de la placa del Apollo XVII,
que regaló al autor el piloto del módulo de mando América, Ron Evans, cuyo
original permanece fijado a una de las patas del módulo lunar Challenger. (1976).
Al cerrar estas líneas
con un reducido salpicón de recuerdos personales, limitado por el espacio
disponible, estamos a las puertas de que se cumpla el medio siglo de la mayor
hazaña colectiva jamás conseguida por el ser humano. Si de alguna forma he
abierto los ojos a mis compatriotas sobre la decisiva participación que allá
entre 1968 y 1972 tuvieron un equipo de españoles, que a requerimiento de la
NASA se hicieron acreedores de la indescriptible responsabilidad de poner sobre
la superficie lunar a doce hombres, y traerlos de vuelta a su planeta hogar
sanos y salvos, entonces me daré por satisfecho. Envío un abrazo a mis colegas
de Fresnedillas, Robledo y Maspalomas, fallecidos o vivos, recordándoles que
todos juntos hicimos Historia, y que por lo tanto es nuestra Historia.
Fig.33. Histórica foto de toda la plantilla del personal –ya íntegramente
español- de la Estación de Seguimiento Espacial de Fresnedillas, al concluir el
legendario Programa Apollo. (1972).
José Manuel Grandela Durán
Ex Ingeniero Controlador
de Naves Espaciales (INTA-NASA).
Las tres
personas mencionadas por Kennedy en este párrafo eran:
James E.
Webb.- Administrador de la NASA desde 1961 a 1968.
Doctor Jerome
Wiesner.- Presidente del Comité Consultor de Ciencia de la Presidencia, desde
1961 a 1964.
Robert S. McNamara.- Secretario (Ministro) de Defensa desde 1961 a 1968.
Informe Semanal: Armstrong, la misión cumplida.
RTVE
La Clave: La conquista del espacio.
RTVE
Justamente los días de la semana del 2025 coinciden con los de 1969.